viernes, 11 de mayo de 2012

SOBRE FLATOS Y FLATULENCIAS


Imagino que cualquier lector se habrá asombrado al leer semejante título en un blog de psicología y cocina, pero no es tan extraño, porque a fin de cuentas, los flatos y flatulencias se generan en el tracto digestivo y son consecuencia directa tanto de la forma en que comemos, como del tipo de alimentación que sigamos.

Realmente no hay, que yo sepa, ningún acuerdo científico ni lingüístico en que existan diferencias entre ambos términos, pero es sencillo descubrir que alguna diferencia tiene que haber, porque no es lo mismo el flato producido por la aerofagia, que la flatulencia, generada en el estómago por la descomposición y reacción química de algunos alimentos al interactuar con la flora intestinal.

Cuando ingerimos aire, cosa que podemos hacer sencillamente al beber agua o al comer algún alimento de manera más rápida de lo debido, ese aire pasa limpio a nuestro organismo y, o bien se expele por donde ha entrado en forma de eructo, o pasa por el tracto intestinal y desaparece por el ano, pero sin producir ninguna sensación desagradable. Esta es la razón por la cual algunas ventosidades producen olor y otras no.

Sin embargo, al ingerir alimentos como las legumbres, las coles, los productos lácteos o los alimentos con alto contenido en gluten, lo que se está produciendo en nuestro organismo es una reacción originada en buena parte por los oligosacáridos, que al no ser absorbidos por completo, reaccionan con las bacterias que anidan en el estómago, produciendo una reacción que va a generar una serie de gases, tales como el nitrógeno, el hidrógeno, el metano, el dióxido de carbono y el oxígeno, y al romperse sus proteínas se generan otros elementos químicos como el ácido butírico, el sulfuro de hidrógeno y el disulfuro de carbono, que son realmente los culpables del característico olor de las flatulencias al alcanzar el final de su trayecto.

Nuestra intención al explicar estas diferencias es que el lector sepa prevenir ambos males, cuyas molestias no dejan de ser comunes mientras permanecen guardados, como la hinchazón del vientre, dolor abdominal, etc. Y aportar algunos consejos a la hora de alimentarnos.

En primer lugar hay que destacar que la ausencia de algún diente o molar va a ayudar a la ingestión de aire, por lo que es importante mantener todos los dientes en su sitio, o a ser sustituidos por las prótesis oportunas.

El estrés puede originar que comamos deprisa, sin masticar bien, originándonos aerofagia. Es importante destacar que la boca forma parte del aparato digestivo y que, si bien una vez que el alimento es ingerido ya no vamos a poder controlar su trayecto, sí podemos hacerlo antes de deglutir, siendo la mejor solución masticar muy bien los alimentos y ensalivarlos para facilitar su absorción una vez que dejemos de ejercer el control sobre los mismos. Si antes de empezar a comer nos relajamos y nos concentramos en la vista, el aroma y el placentero gusto de nuestra receta, estaremos mejor preparados para afrontar ese estrés. El cuchillo y el tenedor, aunque no forman parte del aparato digestivo, también nos van a ayudar, si adecuamos  mediante su uso el tamaño de los bocados.

Otro aspecto a tener en cuenta es que si bebemos aguas o refrescos gasificados estamos comiendo aire, lo mismo que si bebemos cerveza, cava o vinos de aguja, por lo que, si tenemos tendencia al meteorismo, sería mejor sustituirlos por otras bebidas menos agresivas.

En cuanto a los alimentos en sí, ya hemos comentado que hay algunos que generan flatulencia por el mero hecho de ingerirlos, sencillamente por la sucesión de reacciones químicas que se van a producir en nuestro estómago. Sin embargo, la práctica totalidad de estos alimentos son necesarios para una buena alimentación, por lo que no hay porqué dejar de consumirlos. A fin de cuentas, al expeler los gases, siempre se siente un cierto placer y, curiosamente, resulta de todo punto inexplicable, al menos en cuanto al punto de vista de la psicología, que cuanto más fétido y repugnante es el olor ajeno, más delicioso resulta el propio… ¿o no?

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