domingo, 13 de mayo de 2012

CÓCTEL DE PÉTALOS DE ROSA


Hay una especialidad culinaria que podríamos situar entre la cocina y el bar. No hablo de los pinchos o tapas, que también lo son aunque mucho más cercanos a la cocina que al bar, sino de la coctelería.

Juan Mari Arzak, que tiene por costumbre asombrarnos con sus creaciones, lo consiguió una vez más al presentar unos chupitos de bloody mary con gelatina de berberechos. El bloody mary es un cóctel que contiene zumo de tomate, el zumo de un limón, salsa perrins, una pizca de pimienta, unas gotas de tabasco y vodka. El origen de este cóctel se remonta a la década de los años veinte del siglo pasado, pero eso de mezclarlo con berberechos le da un toque muy especial que solamente se le habría ocurrido a un genio como nuestro maestro de chefs.

A mí, particularmente, el coctel que más me entusiasma es el gin-tonic, y no suelo dejar pasar una sola tarde sin disfrutar de uno, lo más dignamente preparado y consumido que puedo lograr. Llevo muchos años haciéndolo y me sorprendí cuando hace unos diez, Karlos Arguiñano, lo aconsejaba como algo celestial, en especial tal y como yo acostumbro a consumirlo, que es al caer la tarde, en una terraza y a ser posible frente al mar. Más aún me sorprendió cuando el gran maestro de maestros, Ferrán Adriá, anunciaba que él también tenía la misma costumbre, aunque él daba marcas de ginebra y tónica y estas no se asemejaban para nada a la mezcla que yo acostumbraba a consumir, así que si él lo decía, sería por algo y, me decidí a probarlo. Hoy en día está de moda y todo el mundo se jacta de tomar gin-tonics.

La ginebra aconsejada por Ferrán Adriá no era otra que la Hendricks. Pedí uno en un restaurante y me lo sirvieron acompañado de una rodaja de pepino, lo cual me resultó extraño, porque yo estaba acostumbrado a retirar la rodaja de limón, no la de pepino, aunque cualquier submarino en mi gin-tonic, hace tiempo que me resulta abominable.

El producto era caro, pero sorprendentemente rico, así que pensé que si lo consumía en casa, el ahorro sería considerable y, ni corto ni perezoso, adquirí una botella de aquel elixir.

Amarrado al cuello de la botella venía un pequeño tríptico en el que había escrita una explicación que me resultó ingeniosa y al final también aparecía la dirección de una página WEB. Entré en ella y aquello era una especie de locura genial donde, entre otras muchas cosas, explicaban recetas para elaborar cócteles y otros bebedizos cuya base era la ginebra de su marca. También había una dirección de correo a la que uno se puede dirigir para recibir más información acerca de las novedades introducidas. Como es natural, escribí y me hice socio de esa especie de club de locura.

Desde entonces recibo, de vez en cuando, invitaciones para asistir a presentaciones de la marca y son como la propia página WEB: una locura. Es como adentrarse en el espejo de Alicia en el país de las maravillas con la ventaja de que suelen invitarte a degustar sus gin-tonics y algún cóctel sorprendente. En una de estas presentaciones nos invitaron a probar un cóctel de pétalos de rosas que, efectivamente, sabía a rosas.

Antes de abandonar aquel Edén, y con toda la curiosidad del mundo, pregunté qué llevaba ese cóctel, y lejos de negarse a darme la receta, me invitaron a presenciar cómo lo hacían.

100 gr. de pétalos de rosa
50 cl, de zumo de limón
50 gr. de azúcar
1 vasito de ginebra Hendricks
Hielo

Se mete todo junto en el vaso batidor y se mezcla hasta que tome el aspecto de un helado. Se sirve en una copa de cóctel con pajita y toda la ceremonia que deseemos, incluida la sombrillita y un pétalo de rosa para terminar la decoración.

Es realmente delicioso. 

viernes, 11 de mayo de 2012

SOBRE FLATOS Y FLATULENCIAS


Imagino que cualquier lector se habrá asombrado al leer semejante título en un blog de psicología y cocina, pero no es tan extraño, porque a fin de cuentas, los flatos y flatulencias se generan en el tracto digestivo y son consecuencia directa tanto de la forma en que comemos, como del tipo de alimentación que sigamos.

Realmente no hay, que yo sepa, ningún acuerdo científico ni lingüístico en que existan diferencias entre ambos términos, pero es sencillo descubrir que alguna diferencia tiene que haber, porque no es lo mismo el flato producido por la aerofagia, que la flatulencia, generada en el estómago por la descomposición y reacción química de algunos alimentos al interactuar con la flora intestinal.

Cuando ingerimos aire, cosa que podemos hacer sencillamente al beber agua o al comer algún alimento de manera más rápida de lo debido, ese aire pasa limpio a nuestro organismo y, o bien se expele por donde ha entrado en forma de eructo, o pasa por el tracto intestinal y desaparece por el ano, pero sin producir ninguna sensación desagradable. Esta es la razón por la cual algunas ventosidades producen olor y otras no.

Sin embargo, al ingerir alimentos como las legumbres, las coles, los productos lácteos o los alimentos con alto contenido en gluten, lo que se está produciendo en nuestro organismo es una reacción originada en buena parte por los oligosacáridos, que al no ser absorbidos por completo, reaccionan con las bacterias que anidan en el estómago, produciendo una reacción que va a generar una serie de gases, tales como el nitrógeno, el hidrógeno, el metano, el dióxido de carbono y el oxígeno, y al romperse sus proteínas se generan otros elementos químicos como el ácido butírico, el sulfuro de hidrógeno y el disulfuro de carbono, que son realmente los culpables del característico olor de las flatulencias al alcanzar el final de su trayecto.

Nuestra intención al explicar estas diferencias es que el lector sepa prevenir ambos males, cuyas molestias no dejan de ser comunes mientras permanecen guardados, como la hinchazón del vientre, dolor abdominal, etc. Y aportar algunos consejos a la hora de alimentarnos.

En primer lugar hay que destacar que la ausencia de algún diente o molar va a ayudar a la ingestión de aire, por lo que es importante mantener todos los dientes en su sitio, o a ser sustituidos por las prótesis oportunas.

El estrés puede originar que comamos deprisa, sin masticar bien, originándonos aerofagia. Es importante destacar que la boca forma parte del aparato digestivo y que, si bien una vez que el alimento es ingerido ya no vamos a poder controlar su trayecto, sí podemos hacerlo antes de deglutir, siendo la mejor solución masticar muy bien los alimentos y ensalivarlos para facilitar su absorción una vez que dejemos de ejercer el control sobre los mismos. Si antes de empezar a comer nos relajamos y nos concentramos en la vista, el aroma y el placentero gusto de nuestra receta, estaremos mejor preparados para afrontar ese estrés. El cuchillo y el tenedor, aunque no forman parte del aparato digestivo, también nos van a ayudar, si adecuamos  mediante su uso el tamaño de los bocados.

Otro aspecto a tener en cuenta es que si bebemos aguas o refrescos gasificados estamos comiendo aire, lo mismo que si bebemos cerveza, cava o vinos de aguja, por lo que, si tenemos tendencia al meteorismo, sería mejor sustituirlos por otras bebidas menos agresivas.

En cuanto a los alimentos en sí, ya hemos comentado que hay algunos que generan flatulencia por el mero hecho de ingerirlos, sencillamente por la sucesión de reacciones químicas que se van a producir en nuestro estómago. Sin embargo, la práctica totalidad de estos alimentos son necesarios para una buena alimentación, por lo que no hay porqué dejar de consumirlos. A fin de cuentas, al expeler los gases, siempre se siente un cierto placer y, curiosamente, resulta de todo punto inexplicable, al menos en cuanto al punto de vista de la psicología, que cuanto más fétido y repugnante es el olor ajeno, más delicioso resulta el propio… ¿o no?


CONECTAR SONIDO



domingo, 26 de febrero de 2012

LA INVESTIGACIÓN EN LA COCINA: LA REACCION DE MAILLARD

Cuando ponemos un filete sobre la sartén y esta sobre el fuego, observamos que al cabo de unos minutos, la carne va tomando un color interesante, un aroma más interesante aún y como resultado de todo ello, un sabor realmente más interesante.

Traducido a palabras, lo que vemos es que el tono rojo de la carne se torna marrón a la par que va soltando el jugo, que no es otra cosa que el agua sobrante del filete. Si la sartén es una parrilla acanalada, nuestro filete se torna más oscuro precisamente en los lugares donde hay abultamiento y más claro donde hay valle. La razón es tan simple como que hay más contacto con el calor en las zonas elevadas.

Lo curioso es que esto es debido a un fenómeno que estudió a comienzos del siglo pasado un médico llamado Maillard y que pasó a explicar de una manera menos descriptiva, pero mucho más científica.

Vamos a volver a traducir lo ocurrido con nuestro filete conforme a la descripción de Maillard. Al poner el filete sobre el fuego, se liberan proteínas (aminos) y azúcares (carbonilos). La reacción comienza a una temperatura realmente baja, entre los treinta y los cuarenta grados, pero no se hace perceptible hasta alcanzar los ciento treinta grados, cuando las moléculas de aminos y las de carbonilos interactúan generando nuevas moléculas que son las causantes del nuevo color y del tan apetecible aroma.

Puede haber quien piense que esta reacción de Maillard no es otra cosa que una mera caramelización, pero eso es totalmente falso, porque para caramelizar lo único que se liberan son carbonilos o azúcares, y no hay reacción química con los aminos o proteínas.

Si aumentamos el PH de los alimentos mediante el uso de alguna sustancia básica, es decir, si conseguimos rebajar el punto de acidez añadiendo una base como el bicarbonato sódico, conseguiremos acelerar la reacción de Maillard y obtendremos un nuevo sabor añadido al del producto en sí. Veamos un ejemplo clarificador:

En una sartén ponemos aceite y cebolla picada. En una segunda sartén añadimos una pizca de sal a la cebolla picada y por último, en una tercera sartén añadimos esa misma pizca pero de bicarbonato sódico. Pasados unos cuatro minutos podremos comprobar que la cebolla de la primera sartén apenas se ha modificado. La de la segunda estará más jugosa y algo más transparente, mientras que la de la tercera habrá empezado a tomar un tono beis. Si continuamos con nuestra cocción, pasados otros cuatro o cinco minutos, lo que observaremos será que la cebolla de la primera sartén tendrá algunos puntos tostados y otros aún blanquecinos. La de la segunda estará jugosa, blandita y entre transparente y tostada.

La pregunta que le surgirá al lector es: ¿Qué habrá pasado con la cebolla de la tercera sartén? Pues que se habrá tostado por todas partes por igual y, además aparecerá también igual de jugosa que la de la segunda, con un aspecto muchísimo más apetecible.


Pero las diferencias no vendrán solamente en el aspecto visual, sino también en el olfativo y, por supuesto, en el gustativo. El video que acompaño es bastante ilustrativo, pero invito al lector a que realice la práctica para comprender mejor lo expuesto, porque no se pueden describir con palabras ni con imágenes estas diferencias.

La cocina oriental distingue cinco sabores básicos, es decir que añade uno más a los tradicionales: dulce, salado, ácido y amargo. Es el que denominan umami, o delicioso. Este último sabor es el que se desprende de nuestra reacción y que puede ser potenciado con productos como el glutamato monosódico también comercializado con el nombre de Ajinomoto, y que añadido a cualquier guiso lo convierte en algo celestial.



miércoles, 15 de febrero de 2012

EL TEDIO… CURIOSEANDO EN LA COCINA: ALBÓNDIGAS RELLENAS

Andaba el otro día chafado en el sofá y zapeando distraídamente cuando, de pronto, en uno de esos canales que prácticamente nadie ve, aparece una familia libanesa cocinando algo que se me antojó celestial. Se trataba de uno esos platos ancestrales de la cocina árabe confeccionado a base de carne picada y rellena de unas hierbas que no acerté a escuchar de qué se trataba, y de unos anacardos machacados. Mi mente comenzó a dar vueltas y a rellenar esas piezas de carne con los más variados ingredientes, a la vez que mi memoria gustativa iba dándoles sentido…

La base parecía sencilla. Solamente había que coger una bolita de carne picada. Puede que aquella fuera de cordero, pero mi imaginación enseguida la convirtió en esa mezcla exquisita de carne de cerdo y vacuno que tantas alegrías nos han aportado en nuestras gloriosas albóndigas, introducir el dedo índice y convertirlas en un seno capaz de albergar lo que se nos antoje.

Mi primera idea fue rellenarlas de hierbabuena con ajitos picado y esos deliciosos anacardos, o unas almendritas molidas, o unas nueces. Más tarde se me ocurrió que con unas gambitas picadas podrían estar de muerte, en especial, si las hacíamos frititas con salsa de soja y una pizca de cayena.

Conforme estaba investigando rellenos mentalmente, apareció mi hija Gloria y, aunque apenas me di cuenta de su presencia, convertí mis pensamientos en palabras… “Yo creo que con bacon y queso tienen que estar deliciosas”, oí que me decía. Y se me puso una sonrisilla maliciosa en la comisura de los labios. ¿Y si mezclamos todo como los caramelos de Harry Potter…?

Así que metido en materia, pensé que la clave era rellenar unas cuantas con gambas picantonas, otras cuantas con esa mezclilla propuesta por mi hija, otras tres o cuatro con ajitos, hierbabuena y almendras picadas y, ¿por qué no?, todas ellas servidas en un plato y salseadas con un chutney de calabaza, o quizá, con un stoemp de patata y puerros...

250 gr de carne picada, mezcla de cerdo y vacuno
1 trozo de pan duro
Harina para rebozar
1 vasito de ron añejo o mistela
Sal
Aceite de oliva virgen extra

Para el relleno de gambas:
100 gr de gambas rojas
Salsa de soja
Aceite de oliva virgen extra
Sal
1 guindilla

Para el relleno de bacon:
2 lonchas de bacon
50 gr de queso grana padano

Para el relleno de hierbas:
10 hojas de hierbabuena
1 diente de ajo picado
15 almendras frescas

Para el chutney:
½ cebolla picada finamente
1 diente de ajo picado
1 rodaja de calabaza
2 guindillas
Aceite de oliva
Vinagre
50 gr de azúcar

Para el stoemp:
2 puerros
2 patatas
1 nuez de mantequilla
Sal
Pimienta blanca recién molida
Nuez moscada recién rallada

Si queremos rizar el rizo, podemos hacer las albóndigas a la manera tradicional, pero con el relleno, nos parece que es suficiente moldearlas con una pizca de ron o mistela para que queden más suaves, una pizca de sal y ese chusco de pan remojado y escurrido. Las modelamos metiendo el dedo índice y haciendo ese hueco que permita poner el relleno en su interior y las reservamos.

Pelamos las gambas, las troceamos en cinco o seis partes y las freímos en aceite muy caliente. Cuando comiencen a tomar color añadimos la guindilla troceadita y un chorro de salsa de soja.

Freímos el bacon en su propia grasa, lo sacamos de la sartén y los mezclamos con el queso rallado o troceado en cubitos.

Ponemos en el almirez el ajito, las almendras y las hojas de hierbabuena picadas y majamos hasta que quede bien mezclado todo.

Para la salsa chutney, picamos la cebolla y el ajo, y lo freímos lentamente, con una pizca de sal hasta que quede transparente. Ponemos la calabaza a cocer en agua, y cuando también esté blandita, la añadimos a la fritura junto con el azúcar, el vinagre y las guindillas picadas y lo dejamos hasta que se haga una especie de mermelada.

Si preferimos el stoemp, ponemos a cocer los puerros cortados junto con las patatas troceadas y cuando estén bien cocidos, los ponemos en el vaso batidor con la mantequilla, la pimienta y la nuez moscada y lo batimos hasta obtener un puré de consistencia suave, pero durito.

Con todo esto sobre la encimera, ya estamos en condiciones de terminar el plato, para lo cual, lo primero que haremos será rellenar unas cuantas albóndigas con las gambas, las cerramos, las rebozamos en harina y las freímos.

A continuación vamos haciendo lo mismo con el resto de los rellenos, y por último, las servimos acompañadas de salsa chutney, o del stoemp.

Como la primera catadora fue Glorita, y a ella no le gusta la chutney, las preparamos con el stoemp… Celestiales.


A las 12 las rellenas de gambitas y salsa de soja. A las 3 las rellenas de bacon y queso y a continuación las rellenas de ajito, hierbabuena y almendras,

miércoles, 1 de febrero de 2012

EXPERIMENTANDO EN LA COCINA: LOMBARDA MUTANTE

Hace ya algún tiempo, descubrí en la página WEB oficial de Juan Mari Arzak, una receta que me llamó poderosamente la atención por dos razones: la primera, por lo bien escrita que estaba. Aquello más que una receta parecía una narración de algún escritor clásico, como reflejo en mi obra “La psicología en la cocina”. La segunda era lo curioso que parecía todo lo que ocurría en ese plato que narra tan magistralmente el Gran Maestro.

Pues bien. Esa receta la reflejo en el recetario del Restaurante La Catexia advirtiendo de que nunca la he elaborado. ¡Ah! Por cierto, el nombre del plato es “Intxaursaltsa con lombarda mutante”.

Anoche, había una lombarda cocida en la nevera, que había preparado Gloria, mi esposa, y se me ocurrió que a palo seco estaría un poco triste, así que decidí enriquecerla, rehogándola con unos ajitos, unos taquitos de jamón y un huevo roto por encima. El resultado fue que, al cabo de unos segundos, la yema se puso de color naranja oscuro, y la clara, conforme iba cuajando, se tornaba verde.



Cierto es que recordé la receta del Maestro Arzak, pero aquello parecía que había tomado una tonalidad ciertamente venenosa. Aún así, me la comí con unos trozos de pan y estaba realmente exquisita.

Antes de terminar mi cena, revisé la receta original, en donde se anota que con un chorrito de zumo de limón el color se tornaba rosa y lo hice con un trocito de clara que dejé para tal fin. Por desgracia no le hice una fotografía, entre otras cosas, porque ya se trataba de un pequeño retal y me pareció casi hasta de mal gusto hacerla pero, en efecto, se tornó al rosa, volviendo a su precioso color verde  cuando le puse un pellizco de bicarbonato. 

viernes, 27 de enero de 2012

LA APATÍA EN LA COCINA: ALUBIAS ROJAS DE TOLOSA CON CHORIZO Y COSTILLAS

Cuando la gente dice que no sabe cocinar, en realidad lo que están queriendo decir es que no les atrae la idea de ponerse a hacerlo, quizá porque piensan que es algo demasiado complejo, por desidia, o sencillamente porque no les da la gana probar.

Hay recetas que resultan sencillas, pero tienen su punto de complicación, y sin embargo, el resultado final no resulta llamativo en absoluto, como por ejemplo un huevo frito. La cosa es que el huevo, al freírse, salpica aceite hirviendo y puede ocasionarnos alguna lesión.

Por el contrario, hay otras recetas que parecen complicadísimas, más que nada por el efecto que producen en el plato, y sin embargo, no requieren prácticamente nada. Ni de atención, ni apenas ingredientes, como es el caso que nos ocupa, ya que para hacer unas buenas judías rojas, lo único que necesitamos es tiempo. Bueno, tiempo para poder escribir, leer, pasear, etc.

Ahora que aprieta el frío, resulta de todo punto emocionante sentarse frente a un buen plato de alubias calentitas y disfrutar mojando pan en el caldito y poniendo entre medias un trozo de choricito cocido.

400 gr de alubias rojas de Tolosa
2 chorizos
8 costillas de cerdo
Sal

Las alubias las dejaremos a remojo en una olla de barro la tarde anterior con bien de agua para que al engordar sigan sumergidas en el elemento.

A la mañana siguiente, más o menos cuando nos despertemos y vayamos a servirnos el desayuno, echamos en la misma olla en la que pusimos ayer las judías, los chorizos cortados en dos o tres trozos, las costillas y un poco de sal, y lo ponemos a fuego mínimo.



Ahora podemos desayunar tranquilos, darnos una ducha, bajarnos a pasear al perrito, comprar la prensa, leerla y un poco antes de hacer los crucigramas y el sudoku, echamos una ojeada a nuestra olla, que nos la debemos encontrar cociendo muy despacito y con agua de sobra. Si es así, las damos una vuelta con una cuchara de palo y ya nos podemos ir a hacer los crucigramas, leer los e-mails, responderlos… Si por el contrario, vemos que están algo secas o escasas de agua, les añadimos una tacita y continuamos con nuestras labores.

Después de hacer todo esto, habrán pasado más o menos dos horas y media, con lo cual podemos dar otra vuelta por la cocina para ver si todo sigue en orden, solo que ahora sí tenemos una tarea algo más complicada, como es sacar una judía de la olla, soplar para que se enfríe y ponerla en nuestra boca para comprobar el grado de dureza y el punto de sal. Si está sosa, le añadimos un poco de sal, si ya está blandita, cosa que no va a ocurrir, apagamos el fuego y ya está, si está durita aún, pero tienen agua suficiente para seguir su cocción, tapamos de nuevo la olla y nos vamos a tomar el aperitivo y si vemos que se han secado, les volvemos a poner otro chorrito de agua y seguimos adelante con nuestro aperitivo. Pero… ¿Qué hacemos si nos hemos pasado de sal y están demasiado saladas? Pues pelamos una patata de tamaño mediano, la lavamos y la añadimos al guiso para que absorba el exceso de sal.


Al regresar de tomar el aperitivo, lo normal es que ya estén en su punto, así que apagamos el fuego y las dejamos que reposen tapaditas hasta la hora de comer. Si siguen estando duras después de cuatro horas de cocción, subimos el fuego, añadimos otro poquito de agua y las dejamos que se terminen de hacer.



Esta receta vale prácticamente para todas las alubias y judías que se nos ocurran, y como se ve, tienen menos complicación que el mecanismo de un chupete. Sin embargo, el resultado final es celestial, por lo que todo aquel que no las haya hecho nunca, seguirá pensando que son un plato complicadísimo de elaborar. Pues nada, con una barrita de pan recién horneado, y una copita de vino, nos ponemos manos a la obra y a disfrutar.

sábado, 7 de enero de 2012

IMPROVISANDO SIN ESTRÉS: MI SANTO

Realmente, nunca he sabido cuando se celebra mi onomástica y, es curioso, porque según tengo entendido, Jesús es el Jefe de todos los santos.

Yo pensaba que sería el día 1 de enero por aquello de que Manuel y Emmanuel, es lo mismo que Jesús, pero al parecer estaba confundido porque, como mi padre se llamaba Manuel y mi hermano mayor también, pues yo no lo podía celebrar ese día y lo hacía el día 2, o sea, no se celebró nunca. La cosa es que con 54 años, aún no sé cuándo es mi santo, así que ahora lo celebro cuando me da la gana, que para eso ya es uno mayorcito.

Pues bien, como decía en la entrada anterior, tenía preparado un menú de Nochevieja, pero finalmente decidí celebrar mi santo el día 1 de Enero que es cuando realmente creo que toca. Y lo hice porque me llamó Gonzalo, un amigo que es como mi hermano mayor y me dijo que vendría con mi hermana Bienve, que esa sí que es mi única hermana de verdad, y me puse tan contento. El único problema es que no había pitanza para los cuatro. Gonzalo me dijo que vendría solo, pero yo ya sabía que su esposa, como siempre, vendría a comer también. La Nochevieja la celebré con la paletilla de cordero asada y una decena de gambas cocidas a los 35 segundos, con una salsa mahonesa casera y de postre panetone. Muy bien por cierto y más que suficiente.

Las angulas que me había prometido para Nochevieja, las dejé para el día siguiente. No darían mucho de sí, pero como aperitivo podían valer y unas angulas siempre son de agradecer. Al final, los bogavantes fueron dos y también los sacrifiqué para el día siguiente. Había morcilla en la nevera y, con unas gambitas y unos huevos de codorniz saldrían unos canapés perfectos. El jamón de ibérico nunca falta en mi alacena y un arroz de bogavante nunca falla, sobre todo si se hace con cariño y con los elementos necesarios de mar y montaña que requiere la ocasión.

Puesto manos a la obra, cogí doce gambas rojas y las pelé para hacer un caldo junto con unos mejillones y las patas de los bogavantes. Quedó un fumé excepcional.

A la mañana siguiente puse unos ajitos a freír junto con los taquitos de jamón y los bogavantes partidos en cuatro trozos cada uno. Una vez que soltaron su jugo, los retiré y con una cucharadita de pimentón de La Vera Picante  y sal, añadí un poquito de tomate triturado y añadí unas setas de cardo que le confieren a los guisos de arroz un gusto exquisito y unos garbanzos congelados crudos que me sobraron del cocido del miércoles. Añadí un sobre de azafrán y con el fumé lo dejé cocer unos cinco minutos.

Como postre se me ocurrió que unas peras con pan podrían ser el complemento ideal porque ayudan a la digestión y están realmente exquisitas. Es muy sencillo hacerlas, solo hay que pelarlas, quitarle los pipos y ponerlas a cocer con mistela, un chorrito de agua, canela en rama y azúcar hasta que queden blanditas. Una vez que están blanditas, se dejan reposar en la nevera y, al día siguiente, se pone una rodajita de pan duro en un plato, se moja bien con el caldo y se pone el trozo de pera encima. Al servir se recubre con leche condensada y es realmente fantástico. Es una especie de pudin deconstruido.

Llegó el día 1 y tenía un sueño excepcional porque me desvelé a las 11,56 horas y, después de tomar doce tragos de champagne Möet & Chandon Imperial, porque no tenía uvas, me dio por escuchar música y me dieron las cuatro. Pero había que preparar la comida y fregar el suelo porque a Dunita le dio por despedir el año bañándose en el mar y lo puso todo perdido. Al mirar lo que había en la cocina, me di cuenta de que solamente faltaba poner la morcilla y las gambas en los pequeños volovanes, poner el plato de jamón y preparar el arroz.

Cuando llegaron mis hermanos, yo andaba paseando con Duna porque el día era excepcional y aún tomamos el aperitivo y un ratito de sol en el bar de enfrente de casa. Tranquilo porque estaba todo perfecto.

Al llegar a casa, ya tenía el plato de jamón sobre la mesa, así que freí los huevos y los puse sobre las cazuelitas que contenían la morcilla y las gambitas. Después, freí también las angulas con bien de aceite de oliva virgen extra, ajitos picados, un par de guindillas y una pizca de sal y los entrantes estaban en su punto.

A continuación le tocó el turno al arroz. Solamente faltaba calentar el caldo, echar arroz bomba y los bogavantes, y dejarlo cocer unos veinte minutos, que se pasaron volando mientras comíamos los entrantes y charlábamos.

En cuanto a la bebida, como ya he dicho, el Möet cayó en doce sorbos y el Pintia en algunos más, pero también había dejado de existir. Así que abrí un Viña Pomal de reserva, que no es lo mismo que el Pintia, pero no desmerece en absoluto. Trajeron de Valencia una botella de champagne francés llamado Comte de Brismand Reserva Brut, que asía bote pronto suena bien aunque no dice nada, pero estaba bueno con los entrantes el condenado. Para terminar con el capítulo de bebedizos, a la caída de la tarde nos apretamos un gintonic de Seagram´s con tónica Fever Tree.

Creo que el menú fue de lujo, por lo menos así me lo reconocieron. Más que estrés, lo que sentí fue una relajación total porque, de antemano, sabía que todo estaría delicioso, como así fue. Y es que, cuando confiamos en que nuestro trabajo está bien hecho, aunque sea algo improvisado, lo va a estar.