lunes, 14 de noviembre de 2016

GAZPACHOS MANCHEGOS

Algunas veces resulta divertido investigar en la cocina: jugar con los sabores y texturas, o recordar alguna especia que pueda resultar interesante para tal o cual plato, etc.

De vez en cuando, sin embargo, apetece mucho más entrar en algún plato tradicional como las alubias, los judiones, o estos gazpachos manchegos, cuyo origen se remonta a la noche de los tiempos.

En su elaboración entran en juego ingredientes pastoriles, pues era una comida elaborada por los pastores y en su origen se utilizaban animales de caza como el conejo, la liebre o la perdiz. El ingrediente estelar, no obstante, no es la verdura ni la carne, sino las obleas de pan ácimo o cenceño, cuyo origen habría que buscarlo en los mismísimos orígenes de la humanidad.

Estas obleas comercializadas son muy comunes en La Mancha y relativamente fáciles de obtener en otros lugares como Valencia, pero realmente difíciles de conseguir en otras latitudes como es el caso de Madrid. Si tenemos la suerte de encontrarlas hechas, nos bastará con comprar un par de bolsas de 175 gr para cuatro personas, pero si no, habrá que hacerlas, aunque es un producto muy sencillo de elaborar. Para ello necesitaremos 250 gr de harina, agua y una pizca de sal. Hacemos una masa compacta con todo ello y, con ayuda del rodillo, hacemos una plancha muy fina. Precalentamos el horno a 200 grados y metemos nuestra oblea hasta que quede tostada. Yo las suelo hacer en una sartén antiadherente y quedan también muy ricas.



350 gr de tortas de pan ácimo
½ conejo
½ pollo
2 cebollas
2 dientes de ajo
1 tomate rallado, o ½ bote de tomate tamizado
1 pimiento rojo
1 pimiento verde
200 gr de setas (puede valer champiñón, o shitake)
Pebrella, orégano, tomillo y romero
Pimentón de La Vera picante y dulce
Azafrán
Aceite de oliva virgen extra
Sal

En primer lugar troceamos la carne y la ponemos en una cazuela con agua para elaborar un caldo. No hay prisa. Podemos dejarlo una hora a fuego lento hasta que los trozos de carne se puedan separar sin dificultad del hueso. Añadir sal a este caldo es optativo, pero una pizca viene bien.

En una paella, o mejor en un perol, ponemos aceite y freímos la cebolla picada, el ajo y los pimientos con una pizca de sal fuego lento hasta que queden blanditos. A continuación bajamos el fuego y añadimos una cucharada de mezcla de pimentón al gusto, removemos bien, y subimos el fuego para poner el tomate hasta que quede todo frito.

Colamos el caldo, lo echamos en el perol, y mientras deshuesamos la carne dejamos que cueza un poquito todo junto. Ahora podemos poner las hierbas y las hebras de azafrán en el caldo y remover bien para que entremezclen todos los sabores y a continuación las setas y los trozos de carne. El último paso consiste en echar las tortas troceadas y dejar que cueza todo junto unos veinte minutos. 



Este es un plato que deber reposar un buen rato. En primer lugar porque alcanza una temperatura de escándalo y en segundo porque cuando reposa, el caldo se asienta y queda mucho más rico. No es ninguna sopa, ni tampoco ha de quedar seco. Por eso es importante controlar este reposo hasta que estén en su punto.

En su receta original, el plato en el que se sirven es una oblea de pan ácimo, por eso dice el refrán que de los gazpachos manchegos se come hasta el plato.

Nosotros los comimos en un plato convencional.




ARROZ CON ACELGAS (ARRÓS AMB BLEDES)

Las acelgas son una fuente de hierro y fibra nada desdeñable y con un efecto alcalinizante importantísimo. Normalmente se asocian a los regímenes adelgazantes y se suele decir que no tienen ningún sabor, cosa que es totalmente cierta si se consumen solamente cocidas, claro que hay que controlar la sal, porque la absorben multiplicando su salinidad.

El saber levantino ha creado una receta en la que las acelgas adquieren un papel protagonista y puedo asegurar que su sabor es realmente impresionante si se elaboran con arroz y cariño. Además de ser sumamente simple, admite multitud de variantes que le pueden conferir la capacidad de formar parte de las recetas rápidas y sanas que figuran al final del recetario, solamente hay que utilizar judías de bote y acelgas cocidas; pero nosotros las vamos a hacer a la antigua usanza, para poder disfrutar del sabor incomparable de uno de los platos más sabrosos que ofrece la cocina valenciana: el arrós amb bledes.

Mi madre era una auténtica amante de esta receta y la solía preparar cada semana. Bueno, ella no, porque como ya he dicho en alguna ocasión, no tengo ningún recuerdo de ella en la cocina, pero sí conocía bien los ingredientes y la forma de elaborarlo, porque en este caso es primordial, como ella decía, que el caldo haga "chop, chop, chop... chop, chop, chop", lo que, como mis lectores saben, yo he bautizado como el verbo "chopchopear", y una vez echado el arroz, siga con ese "chopchopeo" hasta el final. Estos recuerdos me llevan de nuevo a Freud por lo del inconsciente y a sus catexias y contracatexias porque, lo normal, es que, si no esperas un poco a que se enfríe, te quemes vivo con el trocito de acelga que suele asomar por la cuchara.

1 MANOJO DE ACELGAS
100 GRAMOS DE JUDÍAS BLANCAS
1 TOMATE MADURO (PUEDE VALER MEDIO BOTE DE TOMATE
TRITURADO)
1 PATATA
4 TAZAS DE ARROZ
UNA CABEZA DE AJOS, PREFERIBLEMENTE, DE LAS PEDROÑERAS
500 CL. DE CALDO DE CARNE
ACEITE DE OLIVA VIRGEN EXTRA
PIMENTÓN DE LA VERA DULCE
UNAS HEBRAS DE AZAFRÁN
SAL

Ponemos las judías a mojo la tarde anterior.

En una cazuela ponemos aceite de oliva virgen extra, echamos la cabeza de ajos y la patata cortadas en cubos grandes, la sal, y cuando vaya cogiendo color, añadimos el pimentón, el azafrán y el tomate pelado y triturado. Ponemos el caldo y las judías y dejamos que se vayan cociendo.

Pasados unos cuarenta minutos, añadimos las acelgas y el arroz, y dejamos que cueza durante unos veinte minutos más, añadiendo una taza de agua si vemos que se va quedando seco.



                             Servimos en la sopera, decorando con la cabeza de ajos


lunes, 7 de noviembre de 2016

CREMA CATALANA

Por lo general, suelo revisar todas las entradas anteriores para no repetir ninguna receta, pero algún lector se ha percatado de que la última que publiqué, la de las codornices estofadas con chocolate, es exactamente igual que la de los pichones con chocolate, cuya única diferencia radica en el ingrediente principal: el 24 de febrero utilicé unos pichones y el otro día fueron codornices. Por lo demás, la elaboración es la misma, por lo que ruego disculpas.

Uno de mis postres favoritos es la crema catalana, y ahora que disfruto de bastante más tiempo y, entre dolores y penas, se me ha ocurrido elaborarla, aunque solo sea por aquello de aminorar las penas.

Para su elaboración, vamos a utilizar huevos enriquecidos con omega-3, que se pueden encontrar sin dificultad en los supermercados y van a resultar mucho más nutritivos y favorecedores en sentido nutricional. Para el remate, vamos a echar mano del soplete de cocina.

La elaboración de la crema catalana resulta especialmente relajante porque vamos a utilizar aromatizantes que contribuyen a ello, como la piel de naranja, la de limón y la canela.

Asimismo, el obtener el punto idóneo de la crema nos va a conducir a esa satisfacción interna que pocas cosas son capaces de conseguir y, si encima sale rica, que siempre lo hace, el placer es aún mayor.

1 LITRO DE LECHE.
4 YEMAS DE HUEVO
2 CUCHARADAS DE HARINA DE MAÍZ (MAIZENA).
1 RAMITA DE CANELA
CORTEZA DE LIMÓN.
200 GRS DE AZÚCAR
CÚRCUMA.

Ponemos la leche a hervir junto con la ramita de canela y la corteza de limón. Mientras tanto, batiremos las yemas con el azúcar y la maizena hasta que quede todo bien incorporado.

Bajamos un poco el fuego para que no rompa a hervir, y así conseguimos que la canela y las cortezas dejen mucho más aromatizada la leche. La retiramos del fuego y esperamos a que se temple, para evitar que se cuajen las yemas al mezclar, y la echamos despacio, y batiendo al mismo tiempo hasta que quede todo bien mezclado. Cuando veamos que ha quedado todo incorporado, añadimos una cucharadita de cúrcuma, que le va a dar un tono más amarillento y un gusto especial.

Volvemos a echar esta mezcla en el cazo y la calentamos a fuego lento sin parar de remover hasta que espese, y a continuación la repartimos en cuatro cazuelitas de barro y las dejamos que se enfríen en la nevera.


En el momento de servir, espolvoreamos un poco de azúcar y la quemamos con el soplete.


martes, 1 de noviembre de 2016

CODORNICES ESTOFADAS CON CHOCOLATE

Algunas veces, cuando abro la nevera, me encuentro algo inesperado, como me ocurrió ayer. Había cuatro codornices preciosas y mi imaginación voló de inmediato hacia los fogones y las vi en una cazuela humeante con aromas diversos.

Abrí el cajón de las verduras y había exactamente lo que necesitaba para darles forma: zanahorias, cebollas, pimientos, tomates y ajos.

No voy a entrar a desglosar las propiedades nutritivas de las codornices, basta decir que tienen un alto contenido en proteínas de alto valor biológico, amén de no tener apenas grasa, lo que desde el punto de vista psicológico es un valor añadido.

4 codornices
2 zanahorias
1 cebolla grande
½ cabeza de ajos
½ pimiento verde
½ pimiento rojo
3 tomates maduros
1 vasito de vino tinto
½ vasito de vino blanco
1 ramita de romero
1 hoja de laurel
2 onzas de chocolate puro (70% de cacao)
Pimentón de La Vera dulce y picante
Aceite de oliva virgen extra
Sal

Lo primero que hice fue inspeccionar las codornices y quitarles todos los plumones que quedaban, en especial por debajo de las alas. A continuación, les quité las vísceras que aún contenían, que no sé muy bien por qué, pero cuando se supone que vienen limpias, siempre se dejan el corazón y una parte de los pulmones.

A continuación, las bridé para que conservaran la forma recogida, que siempre quedan más vistosas, las sazoné con sal y pimienta y las freí a fuego vivo en un cazo con una pizca de aceite para sellarlas bien. Una vez que estaban doraditas, las saqué de la cazuela y las reservé en un plato.

Como la idea era batir la salsa, no me calenté mucho la cabeza y corté la cebolla y los pimientos en juliana, las zanahorias, las hice en rodajas gordas, el tomate, en cubitos pequeños y después de haberlos escaldado y pelado y el medio ajo entero.

En el mismo cazo y con el mismo aceite de haber sellado las codornices, puse la cebolla, los pimientos, los ajos y la zanahoria a sofreír con una pizca de sal y el fuego muy suave y con la olla tapada. Una vez que estaban blanditas, añadí el pimentón y tras sofreírlo ligeramente, añadí el tomate y ya, subí el fuego para que se deshidratara. A continuación, añadí los dos vasitos de vino y, con el fuego vivo, esperé a que se evaporara el alcohol, añadí el chocolate y ya, con el fuego apagado, puse todo en el vaso batidor y lo batí bien.

Devolví el puré resultante a la cazuela, añadí las codornices, puse la ramita de romero y la hoja de laurel y recubrí con agua.

A partir de aquí es solo cuestión de esperar, con el fuego muy suave y dejando que chopchopearan tranquilamente.

45 minutos después, la carne ya estaba blandita y la salsa volvió a espesar lo suficiente como para untar unas sopas de pan.



En mi caso las acompañé con una patata asada en el microondas, partida en dos y con una pizca de pimentón.

Otra forma de servir deshuesadas y con arroz blanco




martes, 25 de octubre de 2016

PIMIENTOS DEL PIQUILLO RELLENOS DE BONITO

El otro día llovía a cántaros y resultaba descorazonador abandonar el calor del hogar para ir a comprar comida, así que revisé en la despensa a ver si me podía ahorrar el paseo y, en efecto, descubrí que había un bote de ricos pimientos del piquillo asados, un buen número de latas de atún y bonito, y tomate tamizado, que aquí nunca falta. Con estos ingredientes, una cucharada de harina, un poco de aquí y otro poco de allá, y un poco de imaginación, había suficiente para elaborar una comida más que suculenta.

1 bote de pimientos del piquillo asados
1 bote de bonito al natural
1 bote de tomate tamizado
1 cebolla
2 dientes de ajo
1 cucharada de harina
1 vaso de leche
Pimentón de La Vera dulce
Aceite de oliva virgen extra
Queso rallado
Sal

En primer lugar, picamos la cebolla y el ajo en trozos menudos y los ponemos en una sartén con un poco de aceite y una pizca de sal. Cuando veamos que están blanditos añadimos el pimentón y acto seguido medio bote de tomate y damos vueltas para que se entremezcle todo bien.

Ahora abrimos el resto de los botes, empezamos por los pimientos y vamos seleccionando los más bonitos y enteros para que no se nos salga la farsa. Luego abrimos el bonito y lo ponemos en un bol, desmenuzándolo lo mejor posible.

Una vez que tengamos el sofrito bien deshidratado y blandito, lo añadimos en el bol  con el bonito, mezclando bien para conseguir una pasta compacta.

Rellenamos los pimientos con ayuda de una cuchara y los vamos poniendo en una cazuela de barro.

Ahora vamos a elaborar una besamel, para lo cual, ponemos en una sartén un chorrito de aceite o mantequilla (yo casi siempre me decanto por el aceite de oliva), añadimos la cucharada de harina y removemos para que se cocine bien. A continuación, ponemos la leche caliente para evitar que se hagan grumos y removemos hasta que adquiera la consistencia deseada, que no debe ser ni demasiado sólida, ni demasiado líquida.

A mí me sobro farsa, así que la aproveché para rellenar los huecos dejados entre los pimientos, y encima vertemos la besamel procurando que cubra toda la cazuela.

Ahora podemos dejarlo en la nevera y terminarlo mañana, porque ya solo nos queda cubrir con el queso rallado y dejar que se gratinen en el horno.


Como en la nevera están demasiado fríos, yo los pasé durante un par de minutos por el microondas para atemperarlos y así ponerlos directamente debajo del grill durante cinco minutos. Por cierto que, con el calor residual, descongelé pan, que es un elemento indispensable para la degustación.



sábado, 24 de septiembre de 2016

COCINA DE APROVECHAMIENTO: EMPANADILLAS CRUJIENTES

Hace ya algún tiempo dije que algún día hablaría de los hermanos Torres y hoy es un buen momento para hacerlo.

Se trata de dos simpáticos personajes que nos amenizan a partir de las 13,20 en TVE con un programa de cocina que, aunque va cambiando el formato, no ha modificado en nada su esquema. “Siempre hay un buen momento para cocinar”, viene a ser el lema que repiten al finalizar cada uno de sus programas y reiteran una y otra vez las bondades de la cocina de aprovechamiento, aunque, en alguna ocasión, el aprovechamiento consista en un dispendio descomunal, como el lomo de bacalao que sacaron hace algunos días. Sin embargo, la idea es óptima, porque muchas veces vamos acumulando alimentos en la nevera, en el congelador o en la despensa, que conviene ir dando salida, como ayer me ocurrió a mí.

Había apetito, que eso es lo primero que debe haber para ingeniárselas de manera creativa, así que miré en el frigorífico y descubrí que había un pequeño tarro con salsa de tinta de los calamares que elaboré hacía un par de días. Tengo por norma, también, conservar la clara de los huevos si la elaboración solamente precisa de la yema o, al contrario. La cosa es no tirar nada, porque en algún momento dado, puede venir bien. Ayer me hice un steak tartar en el que solo usé la yema, por lo que quedó esa clara. También descubrí media lata de bonito en aceite de oliva de cuyo resto, Gloria había dado buena cuenta, pero era suficiente. Y, por último, descubrí un tarro con tomates secos que había puesto a hidratar en aceite de oliva virgen extra antes de irme de vacaciones.

Corté el tomate en tiras y después en cubitos, lo mezclé con el bonito y lo dejé aparte, mientras esperaba a que se escurriera un poco el caldo de la salsa de tinta en un colador.

Entre tanto, hice una masa con harina, una clara de huevo y un chorrito de aceite y la dejé en un bol cubierto don film para que reposara. Llegado este punto, decidí que era un buen momento para bajar a dar un paseo con Duna.

Cuando regresamos, volvimos a ponernos manos a la obra. Hablo en plural porque a Duna le encanta hacerme compañía mientras cocino, entre otras cosas, por si le cae algo que echarse al hocico. Así que junté la salsa de tinta con el tomate y el bonito y lo mezclé bien rompiendo los trozos más gordos del pescado de manera que quedara una pasta fina y me puse con la masa.

Había transcurrido casi media hora y la masa estaba asentada y perfectamente moldeable. La puse sobre un trozo de papel de hornear y la fui dando forma redondeada. Coloqué la pasta en el interior de la masa procurando no sobrepasar el centro de la misma, para poder doblarla bien. Encendí el horno para que se fuera precalentando y lo puse a tope para poder dejarlo en unos 150º. Entre tanto finalicé la elaboración de mis empanadillas doblándolas, cerrándolas con ayuda de un tenedor y un poco de clara de huevo para que sellara bien y pintándolas con más clara de huevo. El hecho de poner clara de huevo en la elaboración de la masa y luego en el exterior es porque salen mucho más crujientes al hornearse. En unos diez minutos, con la placa y el grill encendidos, aparecieron mis magníficas empanadillas.

El procedimiento es sencillo, y de esta manera saqué de la nevera unos productos que, de lo contrario, habría que haberlos tirado. Podía haber utilizado otras cosas, pero esto es lo que había y me pareció perfecto. También podíamos haber cambiado la empanadilla por otra elaboración, pero itero que esto estaba muy bien.


Volviendo al tema de los hermanos Torres, tienen situaciones ciertamente divertidas, como su eterna discusión de si echar primero el ajo o la cebolla. Sergio es partidario de poner primero la cebolla porque dice que tarda más en hacerse que el ajo. Javier, por el contrario, prefiere poner primero el ajo para que salga más doradito. En este caso estoy de acuerdo con él. Sin embargo, Javier es amante del cilantro y Sergio lo odia, como yo. Otra escena que se me quedó grabada fue un concurso de tortillas que se montaron entre los hermanos y demuestra la genialidad de estos personajes. A Sergio se le quedó pegada a la sartén. Podían haber cortado para hacerla bien, pero no fue así, sino que el pobre tuvo que aguantar estoicamente las burlas de su hermano. Son cosas que a todos nos pasan y no hay ninguna razón para ocultarlas… ¿no?



sábado, 3 de septiembre de 2016

RIÑONES DE CORDERO LECHAL AL JEREZ CON MOSTAZA

Como todos mis lectores saben, tengo cierta predilección por comprar los alimentos en el mercado o en las tiendas de mi barrio. Esto es, en muchas ocasiones, una ventaja, pero casi siempre acabo enamorándome de algún producto que no estaba en el guión y suele acabar viniéndose conmigo. Es el caso de ayer, fui a comprar una barra de chocolate y al pasar por la carnicería vi una bandejita con riñones de cordero ya preparados, es decir, limpios, y abiertos por la mitad. Lo cierto es que volví a casa solamente con mi barra de chocolate, pero al despertar de la siesta, aquellos riñones empezaban a oler bien en mi imaginación y no me quedó más remedio que bajar a comprarlos.

Quince minutos después ya los tenía sobre la tabla. Venían limpios, pero los volví a lavar con un buen chorro de agua y les quité el exceso de grasa y la piel que los recubre. Además de los riñones vamos a necesitar:

1 cebolla
1 vaso de vino de Jerez (o similar)
1 cucharada sopera de mostaza.
Caldo de ave (para recubrir)
Aceite de oliva Virgen Extra
Pimentón de La Vera picante
Pimienta
Vinagre
Sal

El paso siguiente, una vez que tenemos los riñones limpios es ponerlos a marinar en un cazo con vinagre y agua y dejarlos macerar durante unos 15 minutos, hasta que veamos que están totalmente limpios y los pasamos de nuevo por debajo del chorro de agua. Los cortamos por la mitad y los ponemos en una sartén con aceite bien caliente para que sellen. Los retiramos y reservamos.

Picamos la cebolla en brunoise y la ponemos en la sartén a fuego muy lento con una pizca de sal para que se ablande bien. Cuando veamos que está hecha añadimos el pimentón y dejamos que se fría, pero sin pasarse para evitar que amargue. Cortamos la cocción con el vino y subimos el fuego para que vaya evaporando el alcohol. A continuación, ponemos la mostaza, removemos y añadimos los riñones. Recubrimos con el caldo de ave y dejamos que cuezan a fuego muy lento durante unos quince o veinte minutos.

Si vemos que la salsa queda deslavazada, subimos el fuego a tope, destapamos la sartén y dejamos que reduzca hasta que quede espesita.
  

Yo los acompañé con unas patatas fritas y, naturalmente, bien de pan.