domingo, 3 de enero de 2016

COMIDA DEL SANTO

Hace ya unos cuantos años que decidí celebrar mi santo el día 1 de enero y lo vengo haciendo desde entonces en Cullera, junto con mi hermana y unos amigos.

Es curiosa la cantidad de santos que hay y que se celebran a lo largo del año y, sin embargo, el jefe no tiene un día señalado. Me refiero a Jesús, que mira que se celebran acontecimientos alrededor de su persona (y divina), pero no aparece su santo por ningún lado, con lo cual, los que nos llamamos Jesús, lo tenemos un poco crudo.

En un Almanaque, leí que se celebraba el día 1 de enero, coincidiendo con su circuncisión, (¡vaya tela!), pero bueno, aunque así sea, por lo menos habría un día al año en el que poder celebrar la onomástica. La cosa es que coincide con el de Manuel y conforme reza en el almanaque, también con sus hipocorísticos y, en mi casa, había un Manuel, mi padre ya fallecido y un Manolo, mi hermano, que al ser mucho más mayor que yo, celebraba su santo y me decía que el mío era el día 2 de enero. Yo, no lo puse en duda y me lo creí. Bueno, la cuestión es que ya es institucional celebrarlo el día 1 en la playa y con un menú bastante elaborado, aunque eso sí, totalmente antiestrés.

Este año lo he diseñado con unas entradas en forma de pequeño menú degustación compuesto por unas tostas de queso Flor de Majazul con miel casera de ciprés, seguido de un caviar ruso con chupito de vodka Beluga, a continuación, un foie gras casero, que elaboré conforme a la receta explicada en este blog, pero eliminé la cebolla y aumenté la cantidad de mantequilla porque queda más suave al paladar y con un gusto más intenso. A continuación, presenté una cazuelita con una cococha de bacalao al pilpil y un platito de callos de bacalao con garbanzos al azafrán.

El plato principal ha sido un solomillo de cerdo ibérico Wellington y de postre unas tarrinas de chocolate con nata y galleta, con medio cruasán.

Comencé analizando lo que ya estaba hecho, como el caviar y las tostas de queso, amén del foie gras, que lo había elaborado el día 25 para celebrar la Navidad. También analicé lo que se debía elaborar en el momento y el resultado fue que lo único que debía hacer era hornear el solomillo, que podía dejar preparado la tarde anterior.

Así que me dispuse a las elaboraciones más complejas como los callos y la preparación del solomillo.

Vamos a ir paso a paso describiendo todos los elementos y podemos empezar por la miel de ciprés. La primera vez que la hice, fue después de ver a Ferrán Adría y la cosa parecía sencilla, aunque de echarle paciencia. Esta receta aparece en otra entrada del blog, pero he acelerado el proceso y ahora la hago con ayuda del microondas. Es tan sencillo como machacar dos o tres bolas del ciprés, meterlas en un bote con tres cucharadas colmadas de azúcar y ponerlo 4 minutos en el micro.

Las cocochas son muy sencillas y también las hice la tarde anterior. Se trata de poner abundante aceite en una sartén, añadirle unos ajos laminados, una guindilla entera y dejarlo que se vaya haciendo a fuego lento. Una vez que veamos que el ajo está blandito, ponemos las cocochas con la piel hacia arriba y le damos un movimiento de vaivén a la sartén hasta que suelten toda su gelatina y liguen con el aceite. Así se mantienen perfectas tanto en la nevera como en la encimera.

El tema de los callos es más complejo porque los garbanzos hay que dejarlos a mojo desde el día anterior, así como los callos y las cocochas, aunque a estos no hace falta cambiarles el agua, y cocerlos bien junto con el chorizo y un trozo de tocino. No hay que olvidar que los garbanzos son la única legumbre que hay que echar cuando el agua esté cociendo, por lo que podemos poner el chorizo y el tocino en el agua fría y cuando brote a hervir, los añadimos.

Una vez que tengamos los garbanzos cocidos, elaboramos la salsa. También está explicado el proceso en otra entrada del blog, la única diferencia es que, en esta ocasión, no puse almendras, pero sí unas hebras de azafrán.

Vamos con el solomillo. Lo primero que haremos será cortar una cebolla en trozos grandes porque los vamos a poner en la batidora junto con unas setas. Habitualmente se hace con champiñones, pero yo lo hice con pleorotus eringii que tenía embotadas y se me hacía que tenían que dar mejor gusto. También añadí unas almendras y procedí a batirlo bien hasta conseguir una pasta fina. Se echa en una sartén con un poco de aceite, una pizca de sal y cuando veamos que empieza a estar blandita, le añadimos un vasito de vino y dejamos a fuego medio hasta que reduzca y quedé como un paté y reservamos.

Arreglamos el solomillo cortándole las puntas y retirando los trocitos de grasa que puedan quedar, salpimentamos y lo marcamos en una sartén con un chorrito de aceite. Cuando esté marcado por todas partes también lo reservamos.

Ahora viene el toque artesanal. Desplegamos un buen trozo de papel film y colocamos sobre él unas lonchas de jamón serrano, a poder ser de ibérico. Esparcimos sobre el jamón la pasta de cebolla y setas de manera que quede bien cubierto. Ponemos el solomillo y, ayudándonos del papel film, lo vamos enrollando y apretando con cuidado. Al final, cortamos el papel film y enrollamos bien con ayuda de los sobrantes como si fuera un caramelo. Ahora sí que podemos apretar sin miedo, para que nos quede redondito. Esto lo metemos en la nevera y nos olvidamos de ello hasta el próximo paso, que hay que darlo la misma mañana en que lo vamos a servir.

Abrimos la masa de hojaldre, que tiene que ser rectangular, retiramos el papel film del solomillo y lo depositamos sobre la masa en una bandeja de horno. El hojaldre viene envuelto en papel de hornear, de manera que no hace falta que lo quitemos y nos ayudará a envolver bien el solomillo.

Batimos un huevo y pintamos toda la superficie de la masa, dejando unos cinco centímetros, sin pintar. Envolvemos bien y sellamos con el huevo. Cortamos el sobrante y cerramos los laterales como si fueran un regalo, y sellamos también.

Con el resto de la masa sobrante, la cortamos en tiras finas y las colocamos sobre el solomillo dando formas de rombos, o franjas, que eso ya va en gustos. Hacemos unos pequeños agujeros con ayuda de la puntilla para que respire y no explote. Yo aconsejo hacerlos en las juntas con las franjas porque ahí no se ven.

Precalentamos el horno a 200 grados, poniendo la posición arriba y abajo, pero sin aire. Cuando esté bien caliente, metemos el solomillo y lo dejamos 30 minutos más o menos. Lo mejor es dejarnos guiar por la cocción del hojaldre y lo retiramos cuando lo veamos tostado.

Para acompañar, yo hice la tarde anterior un puré de patatas al estilo stoemp, es decir cociendo las patatas con media cebolla, poniéndolas en el vaso batidor y añadiendo medio brick de nata para cocinar, una nuez de mantequilla, sal, pimienta y nuez moscada recién molidas y batiendo hasta que quede una pasta fina. Esta salsa se puede servir en frío o en caliente. A mí me gusta más en frío, porque así la mantequilla le da una untuosidad mayor.

Y, por último, vamos con el postre. Se monta un brick pequeño de nata, naturalmente para montar, con cuatro cucharadas de azúcar. Por otro lado, se pone chocolate de cobertura a derretir en el microondas y se monta en una tarrina, primero la nata, luego una galleta maría, y por último el chocolate repartiéndolo bien por toda la superficie de la galleta. Si emborrachamos la galleta con un poco de brandy, tampoco haríamos ninguna tontería, pero yo no lo hice. Esto se mete en el congelador para que la nata no se venga abajo, pero se tiene que sacar al menos una hora antes de consumirlo.

Con el trocito de masa que me sobró del solomillo, lo enrollé y me salieron dos mini cruasanes, que puse  como decoración partiéndolos por la mitad.

Como hemos visto, el día de mi santo me pude dedicar a leer tranquilamente el periódico y a pasear con Duna, mi perrita, porque el solomillo, que es lo único que dejé para el momento de servir, se hizo él solito en el horno.

Es una forma de elaborar alimentos incluso complejos, pero sin estrés de ningún tipo, porque las recetas se fueron haciendo poco a poco durante todo el día anterior.

Como el día 1 de enero es festivo y no abren ni las panaderías, y los callos, las cocochas… requieren bien de pan, yo lo que suelo hacer es cogerlo recién horneado y meterlo en el congelador. Así, cuando necesito pan recién hecho, solo tengo que sacarlo media horita antes y ponerlo al sol, o sobre el radiador. Queda igual de crujiente y calentito que cuando lo compras.



viernes, 25 de diciembre de 2015

FOIE GRASS DE HÍGADITOS DE POLLO

Ayer compré una tarrina de hígados de pollo con idea de elaborar un paté casero que, en cierta medida, semejara al paté de foie que venden en algunos comercios.

Yo era consciente de la dificultad que encierra intentar convertir esos hígados en un paté comestible y, de pronto, sentí miedo de ponerme manos a la obra. Investigué en Google y vi que aparecían un buen montón de recetas, pero no se parecían en nada a lo que mi imaginación me dictaba. Las había con huevos, con cebolla, con paso por baño maría, sin él, pero, en resumen, las fotos que mostraban daban impresión de algo parecido al paté de cerdo y no al maravilloso ungüento que poblaba mi imaginación. Así que, tomando algunas ideas, me dispuse a elaborar lo que había en mi cerebro. La cebolla no aparecía en mi imaginación, pero sí en todas las recetas, así que decidí añadirla.

1 tarrina de hígados de pollo
150 gr. De mantequilla
½ cebolla
25 cl. De nata
Pimienta recién molida
1 cucharada de vodka (puede ser brandy o ron)
1 vasito de vino de Jerez añejo.
1 chorrito de agua oxigenada
Leche
Sal.

En primer lugar, hay que limpiar bien los higaditos y retirar los trozos que puedan contener hiel. Se ponen en un bol y se recubren de leche y un chorrito de agua oxigenada, dejándolos al menos doce horas en la nevera para que queden blanquitos.

Una vez transcurrido ese tiempo, los lavamos bien en un colador grande y procedemos a una limpieza más minuciosa, donde retiraremos todas las venas y tejidos. Ahora no importa que los destrocemos, porque van a ir a la sartén y después al molinillo.

Picamos la media cebolla y la pochamos con un trozo de mantequilla derretida y un poco de sal. Cuando esté transparente, subimos el fuego y añadimos los higaditos durante un par de minutos. La idea es sellar, de manera que no los vamos a dejar de mover durante todo el proceso, que durará unos tres o cuatro minutos.

Ponemos en el vaso batidor el contenido de la sartén y le añadimos la nata, el vodka, el vino, el resto de la mantequilla derretida y un poco, pero generoso, de pimienta recién molida. Batimos bien, durante un minuto o más, removemos para que lo que había en la parte superior baje y quede también batido, y de paso aprovechamos para rectificar de sal y o de pimienta, y le damos otro minuto de batidora.

Esto ya va en gustos, pero a mí me apetecía gastar otro poco de mantequilla en recubrir el fondo de la tarrina y se echa el foie. Se deja que se atempere y se introduce en la nevera durante unas cuantas horas.

También es opcional, pero queda más bonito si, una vez que esté más o menos duro, lo recubrimos con otro poco de mantequilla fundida, sin llegar a recubrir del todo, porque le da un aspecto más profesional

El resultado es sorprendente, tanto de pinta como de sabor y se puede utilizar para hacer canapés acompañándolo de mermelada o miel de ciprés, para acompañar carnes o para pastas…



domingo, 20 de diciembre de 2015

MERLUZA EN SALSA VERDE CON GAMBONES

Cuántas veces nos salva el congelador de un ataque de apetito repentino, de esos que no hay quien aguante…

Así me ocurrió anoche. Tenía un hambre voraz y ninguna gana de salir de casa, así que revisé el frigorífico y, el pobre, estaba temblando. Abrí entonces la puerta del congelador y me encontré que estaba atestado de pan, pero también había una bolsa con filetes de merluza y una caja de gambones que, seguramente, habrá comprado Gloria para las fiestas navideñas. Un ajito picado, una pizca de perejil seco, una copita de vino blanco y un par de cayenas y esas dos preciosidades que había en el congelador eran más que suficiente para despertar mi creatividad y ponerme manos a la obra. Hay que ver cómo se despierta la creatividad ante las adversidades.

Lo primero que hice fue la salsa: Ajito picado sobre un lecho de aceite de oliva virgen extra calentito, una pizca de harina y vino blanco para hacer una salsa gordita. Las dos cayenas machacadas, el perejil de frasco y a esperar a que engorde.

La merluza, una vez descongelada bajo un chorro de agua fría, la salpimenté y le corté los bigotes y las patas a las gambas, y todas fueron a la misma sartén en la que la salsa ya tenía ese aspecto rico, rico.



No calculé el tiempo que me llevó hacer esta receta, pero creo que no llegó a los diez minutos.


martes, 8 de diciembre de 2015

BACALAO EN SALSA SUBLIME

Hoy, día de la Inmaculada, se me ha antojado un bacalao al pil-pil. No estaba ni mucho menos pensado, pero al sacar a Dunita a pasear, me he encontrado con José, el propietario y chef del restaurante Tras Os Montes, que también se encontraba paseando a Pipo, su perro. Y charlando con él es cuando se me ha venido a la cabeza la idea. Tenía en el congelador unas piezas de lomo al punto de sal y las he sacado por la mañana, en cuanto he vuelto del paseo, para que estuvieran preparadas a mediodía, pero al sacarlo del envase, he visto que venía una receta en el envés y se me ha antojado que, un poquito mejorada, podría resultar algo rico. En realidad, se trataba de algo parecido al bacalao a la catalana que preparaba, “flatus vocis” mi madre. Hablaba de un sofrito de cebolla, pimiento verde y tomate. Lo cierto es que el pil-pil está lejos de las recetas que prepara José y por eso se me había antojado, pero…

La verdad es que los humanos solemos ser bastante reiterativos y, cuando una receta nos gusta, la repetimos hasta la saciedad sin tener en cuenta que hay multitud de alternativas. Eso mismo nos ocurre en el trabajo cotidiano. Hacemos siempre lo mismo por aquello de que parece que queda bien, sin barajar otras alternativas que, seguramente, pueden resultar mejores, pero sencillamente, no nos molestamos en probar.

Para la elaboración de esta receta he seguido más o menos lo que decía en la etiqueta, pero siempre hay cosas que se pueden mejorar.

3 lomos de bacalao (que son los que vienen en el pack)
1 pimiento rojo (en la etiqueta hablaba de verde, pero yo lo tenía rojo)
1 cebolla
2 tomates
2 dientes de ajo
1 vaso de cerveza (en la receta era vino blanco, pero tampoco había)
1 cayena
Aceite de oliva virgen extra

Lo primero que he hecho, conforme a la receta original, ha sido picar la cebolla y el pimiento, laminar los dientes de ajo y poner agua a hervir para escaldar los tomates.

He puesto aceite en una sartén y he echado la cebolla, el pimiento y el ajo con una pizca de sal para que se fueran pochando a fuego muy lento. He puesto los tomates en el agua cociendo durante diez segundos, los he sacado y los he puesto bajo el chorro de agua fría. Luego los he pelado y cortado en cubitos, y los he incorporado al sofrito anterior. A partir de aquí, todo lo que va a ocurrir no estaba escrito en la receta de la etiqueta.

Cuando he visto que estaba todo bien blandito, he añadido un vaso de cerveza, he subido el fuego y he dejado que redujera durante unos minutos. Luego, he vuelto a bajar el fuego, he añadido la cayena machacada y he tapado la sartén para que siguiera chopchopeando durante un ratito más.

Cuando el aroma resultaba sublime, he apagado el fuego y lo he dejado atemperar. He puesto el sofrito en el vaso batidor y lo he pasado por la “Minipimer” hasta hacer una especie de puré-salsa, que he vuelto a poner en la sartén.

Unos minutos antes de comer, he puesto el fuego a intensidad media y, conforme ha comenzado a chopchopear, he colocado los lomos boca abajo, es decir, con la piel por encima, conforme rezaba en la etiqueta, pero no los he dado la vuelta, sino que he puesto la tapa y he dejado que se hicieran durante unos cinco minutos.


El resultado ha merecido la pena porque, no solamente estaba exquisito, sino que con el resto de la salsa sobrante, me voy a preparar unos espaguetis para uno de estos días que, seguro, andaré más pillado de tiempo.


He decorado con unos frutos silvestres y he acompañado de pan recién horneado.



martes, 17 de noviembre de 2015

CHORIZO A LA SIDRA CASERO EN 10 MINUTOS

En diversas ocasiones hemos comentado lo dañina que puede resultar la envidia, salvo que sea sana. Y es que esa envidia sana es la que genera la motivación, la creatividad y, si se es un poco pragmático, el bienestar de haber conseguido un objetivo.

Anteayer, viendo un programa en la televisión, hicieron un pincho de chorizo a la sidra y me entraron unas ganas terribles de hacerme uno igual. Fue como un antojo de embarazo, pero cuando miré en la nevera, no había ningún chorizo. Sidra sí, pero… ¿de qué me servía sin el ingrediente principal?

Comprar choricitos picantitos un domingo por la noche requiere coger el coche o el scooter y desplazarse hasta un centro comercial atestado de gente y, lo cierto, es que no me apetecía en absoluto, pero esos choricitos deambulaban por mi mente sin parar y cada vez se hacían más apetitosos.

Busqué y rebusqué por si acaso había alguna pieza de chorizo en la nevera, pero no, no había ninguno. Sin embargo, había unos filetitos de lomo de ibérico y un trozo terciado de panceta del mismo animal… mi mente empezó a ser creativa.

Saqué la carne y la panceta y las corté finamente hasta conseguir una masa cuyo aspecto resultaba más que apetecible. Las puse en un bol y añadí un platito de mezcla de pimentón de La Vera dulce y picante, un poquito de ajo en polvo, sal, una yema de huevo, un puñadito de queso rallado y un chorrito de sidra. Amasé bien con las manos, lo estiré y lo introduje en una camiseta de papel film, atada con un nudo. Luego puse otra capa de papel film, y esta vez lo até con hilo de bramante.

Mientras trabajaba mi chorizo, puse una cazuela con agua a cocer y, una vez que comenzó la ebullición, incorporé mi creación. Diez minutos después, apagué el fuego y dejé que se atemperara un poco antes de cortar el papel film y encontrarme un magnífico choricito a la sidra, jugoso y enriquecido con el quesito.

No quiero resultar ufano, pero creo que jamás he probado un chorizo a la sidra tan rico y sencillo de elaborar como el que me cené.


Se puede hacer una reducción de sidra para elaborar una salsa de acompañamiento, pero en mi caso, y dado que todo el jugo se había concentrado en la camiseta de papel film, solamente utilicé unas patatas chips que también había en la despensa y… por supuesto, un buen trozo de pan.

Este es el magnífico aspecto que presentaba mi choricito antes de incorporarle la salsa

domingo, 15 de noviembre de 2015

ODA AL HUEVO CON PATATAS

Si hay algún producto barato en el mercado, esa es la patata. El huevo tampoco se queda atrás y, naturalmente, el pan. Con estos tres productos se pueden arreglar multitud de recetas: desde el gloriosísimo huevo frito con patatas fritas a la estratosférica tortilla de patatas (a mí para este menester me gusta acompañarlas con una pizca de cebolla, pero eso va en gustos), pasando por donde uno quiera. Porque, tanto por separado como haciendo un solo cuerpo, ambos ingredientes son la base, el acompañamiento o el protagonista de todas las recetas que gozan de total aceptación por parte de los comensales.



El huevo es algo mágico. Desde su origen incierto (qué fue antes, el huevo o la gallina) hasta su forma y tamaño, dado que cabe perfectamente en la mano, y se convierte así en una precisa arma arrojadiza. Su inexplicable dureza por los polos siendo el resto tan delicado… El mismísimo Salvador Dalí, en una de sus más famosas obras: La metamorfosis de Narciso, lo pinta con gran protagonismo. Y no digamos el contenido: su clara, con ese aspecto baboso en crudo y blanco perfecto cuando se cuece o se fríe, tostadita en las puntillas, y su yema, de un precioso color amarillo que torna al anaranjado cuando el huevo es de calidad.



Sin el huevo, no se concebirían miles de recetas, al menos tal como las conocemos, porque, sí, claro, se puede hacer mahonesa con leche, pero no es lo mismo. También se puede rebozar con… sabe Dios qué, pero un buen rebozado ha de pasar irremisiblemente por el huevo batido. El flan no sería flan sin nuestro amigo el huevo, ni el tocino de cielo, ni los buñuelos, ni, por supuesto, las incomparables yemas de Santa Teresa, por citar algunos ejemplos.

Y vamos con la patata. Qué cosa tan humilde, tan fea y sucia en origen y sin embargo, tan apetitosa tanto frita, como cocida o asada.

Cuando cogemos una patata, la lavamos bien y la partimos por la mitad, sin necesidad de pelarla, le hacemos unos cortes superficiales en forma de rombos, le esparcimos un poquito de pimentón de La Vera, pizca de sal y un chorrito de aceite de oliva y la metemos en el horno un ratito, lo que obtenemos es un bocado delicioso.

Sin las patatas, tampoco se concebirían otras tantas recetas y, en este caso, no se admite sustitución porque, unas patas con níscalos no serían patatas con níscalos sin nuestras amigas las patatas. Y quien dice patatas con níscalos dice patatas con carne, con bacalao, con sepia o con lo que se nos ocurra, que en todos los casos elaboraremos recetas acertadas.

Alguien se preguntará que a qué viene esta oda al huevo y a las patatas en un blog de cocinoterapia. Pues nada más sencillo. Si comparamos un huevo o una patata con una trufa blanca de Alba, parecería que estamos comparando a Dios con un gitano, como se suele decir. El precio de la trufa puede llegar a alcanzar más de 6.000 euros, y con ese dineral podemos estar comiendo huevos con patatas prácticamente durante toda la vida. Pero, ¿es peor producto el huevo que la trufa? O ¿la patata que la trufa? Pues depende de cómo lo miremos Porque si la patata es fea y sucia, no digamos la trufa y en cuanto a los usos…

Por eso viene a colación nuestra oda, porque hay personas que se comparan con otras a las que ven más guapas, elegantes, listas, etc. Sin darse cuenta de su propio valor porque carecen de autoestima. La autoestima es algo fundamental para ser feliz y, seguramente, si nos autoanalizamos nos va a ocurrir lo mismo que a la patata o al huevo. Sin ti, amable lector, la vida no sería lo mismo, como no sería lo mismo la mahonesa sin huevo o las patatas con costillas sin patatas.

A mí me gusta acompañar mis entradas con una receta y hoy no va a ser menos, así que vamos a por la antes mencionada tortilla de patatas, aunque vamos a darle un giro de tuerca para convertirla en una pizza de tortilla de patata.

2 huevos
2 patatas
½ cebolla
2 cucharadas de tomate frito
2 tiras de bacón
Queso para fundir al gusto (rallado o en lonchas)
Orégano
Aceite de oliva virgen extra
Sal

Lo primero que haremos será elaborar la tortilla, para lo cual pelamos las patatas, las cortamos en rodajas finas y las ponemos en una sartén con abundante aceite a fuego muy bajo para confitarlas. En este punto yo también pongo la media cebolla cortada en juliana fina.

Mientras se van cociendo las patatas, batimos los huevos en un bol mediano, pero que quepan después las patatas.

Una vez que las patatas y la cebolla estén blanditas, las retiramos del fuego y las vertemos sobre un colador grande para que pierdan todo el aceite y se vayan enfriando.

Ahora echamos las patas en el bol en el que teníamos los huevos batidos y mezclamos bien para obtener una masa uniforme y lo vertemos todo en una sartén pintada de aceite. Hay quien aconseja remover un poco al principio, pero no es necesario hacerlo.

Una vez que se ha cuajado por debajo hay que proceder a darle la vuelta. Yo no me apaño con el plato y suelo hacerlo empujando la sartén, pero reconozco que queda mejor poniendo un plato sobre la sartén y volteando de manera que la tortilla quede sobre el plato. La devolvemos a la sartén y dejamos que cuaje por el otro lado, aunque es mejor que no quede muy hecha. Ya tenemos nuestra magnífica tortilla de patata. Y ahora vamos a por la segunda parte, vestirla de pizza.

He aquí nuestra diosa

Repartimos el tomate por encima de la tortilla de manera que quede homogéneo. Troceamos las dos tiras de bacón y las colocamos por toda la superficie, lo mismo que el queso. Espolvoreamos el orégano al gusto y la metemos en el grill durante unos minutos, hasta que veamos que el bacón esté hecho y el queso, fundido.

El resultado es increíblemente sabroso... Vamos a por el pan.




lunes, 2 de noviembre de 2015

BUÑUELOS RELLENOS DE CREMA PASTELERA

En mi casa, no sé muy bien el porqué, pero mi madre siempre traía buñuelos rellenos de crema en la fecha de Todos los Santos y aquello se convirtió en una especie de tradición. Lo curioso es que la tradición en sí de comer buñuelos es durante la cuaresma y en lugares muy localizados, como en Valencia, se suelen consumir en Las Fallas pero son de calabaza.

Como yo soy muy acérrimo de las tradiciones, pues ayer decidí hacer unos buñuelos rellenos de crema pastelera. He de decir que psicológicamente, no son tan relajantes como los de calabaza, pero también tienen su aquel. Y es que el amasado de los buñuelos de calabaza es un auténtico éxtasis y verlos como burbujean mientras trabaja la levadura es algo sencillamente genial porque, realmente es como si esa masa estuviera viva. En el caso que nos ocupa, también hay un momento de éxtasis y que les confiere esa especie de vida, que es cuando los ves cómo se giran ellos solitos cuando saben que están fritos por un lado y quieren terminar su fritura. De cualquier manera, el resultado es delicioso en ambos casos.

Para la crema pastelera:
1/2 litro de leche
1 huevo
3 cucharadas de azúcar
1 cucharada colmada de Maizena
1 ramita de canela
Corteza de naranja y de limón.
1 cucharadita de azúcar vainillado.

Para los buñuelos:
1 vaso de harina
1 vaso de agua
3 huevos
1 cucharada de mantequilla
Ralladura de limón
Una pizca de sal
1 cucharada de azúcar
20 gr de levadura
Aceite de girasol

Comenzaremos con la crema pastelera para que esté bien fría y podamos incorporarla mejor. Ponemos la leche a hervir a fuego lento con la ramita de canela, las cortezas de naranja y limón, y el azúcar vainillado y removemos de vez en cuando.

En un bol aparte, pondremos el azúcar, la Maizena y el huevo y removemos bien para que se incorpore todo.

Cuando la leche suelte el aroma idóneo, la sacamos del fuego, dejamos que se enfríe un poco para que no se cuaje el huevo y lo vamos incorporando despacio, sin dejar de remover. A continuación lo volvemos a echar en el cazo y lo ponemos al fuego removiendo también sin parar. Llegará un momento en que espese y es en ese momento cuando lo retiramos del fuego y lo dejamos reposar.

En cuanto a los buñuelos, ponemos el agua a cocer en una cazuela con la sal, la cucharada de azúcar, la ralladura de limón y la mantequilla. Una vez que comience a hervir, lo mantenemos durante un minuto y lo retiramos del fuego.

Mezclamos la harina tamizada con la levadura y lo echamos de golpe sobre el agua. Removemos bien. Una vez que obtengamos una masa, le añadimos un huevo y seguimos batiendo sin parar. Cuando esté incorporado, añadimos otro huevo y repetimos la operación y así con el tercero.

Cuando tengamos una masa suave, la dejamos reposar unos minutos. Mientras tanto, ponemos abundante aceite en una sartén y dejamos que se caliente bien. Una vez haya cogido temperatura, vamos echando la masa a cucharadas (cada cucharada es un buñuelo), de pocas en pocas y bien separadas.

Aquí es donde se produce la magia, porque cuando el buñuelo coge temperatura sube a la superficie, y cuando está bien frito por un lado, se gira él solo para freírse por el otro.

Conforme los vayamos sacando, los vamos depositando en un plato recubierto con un papel absorbente.


Cuando se hayan enfriado, con ayuda de la manga pastelera, pinchamos en el buñuelo, que ahora mismo es de viento, y lo rellenamos de crema.