viernes, 30 de agosto de 2019

COCIDO


Estamos terminando el verano y hay que volver a casa. Habitualmente, por estas fechas siempre quedan restos de alimentos en la nevera y en el congelador. Este año había un costillar de ibérico partido en tres raciones, garbanzos congelados, unas alitas de pollo, chorizo picante de León, restos de verdura de paella, un trocito de calabaza y otro de berza de los purés de mi nieta, patatas y un trozo de panceta.  Al ver todo esto en la encimera, la cabeza se me fue de manera casi inmediata a la elaboración de un cocido que ni es madrileño, ni leonés, ni montañés, ni… En fin, que se trata de un cocido en toda regla, que podríamos denominar “cocido de restos”, pero como parece que sonaba feo, he preferido darle un nombre genérico: cocido. Aunque no deja de ser una receta de aprovechamiento con la que vamos a comer 4 personas.

Hay quien mete todo en una cazuela y deja que se haga a su aire, pero para que quede un plato excelso, hay que seguir unas normas, en especial, los tiempos de cocción.

Los ingredientes ya los he apuntado, así que vamos a la elaboración y como los garbanzos habían estado a mojo antes de la congelación, nos ahorramos el paso y vamos al resto de los ingredientes.

A mí me gusta cocer cada cosa por su parte y como el tiempo de cocción no es el mismo para todo, empezaremos por poner en una olla con bien de agua el hueso de jamón, que previamente habremos escaldado, o al menos lavado bien. Ponemos la panceta, el chorizo y las costillas y esperamos a que empiece a cocer a fuego fuerte. Cuando rompa a hervir, veremos que hay espuma y hay que quitarla de vez en cuando, bajamos el fuego y lo ponemos casi al mínimo porque el proceso va a ser largo, pero merece la pena respetar los tiempos. Cuando lleve más o menos media hora, añadimos el pollo, una hoja de laurel y dejamos que siga cociendo durante otra media hora, momento en el pondremos los garbanzos, que para evitarnos trabajo posterior, conviene ponerlos en una red. Hay un refrán que dice que los garbancitos, calentitos, y es porque el resto de las legumbres se echan en el agua fría, pero no los garbanzos. Hay quien prefiere cocer el chorizo aparte, pero al ser un chorizo picante de León, me pareció mejor idea que le confiriese su gusto al caldo.

Vamos a por las verduras. Empezamos por poner agua al fuego para que cueza y una vez que brote el primer hervor echamos la verdura de la paella, que naturalmente es opcional, pero yo tenía una poquita en el congelador y qué mejor uso que este. Ponemos también las patatas peladas y enteras o cortadas gruesas si son muy grandes, la cebolla y cuando lleve todo esto un rato cocinándose, añadimos la berza cortada y la calabaza. Dejamos a fuego suave unos quince a veinte minutos, dependiendo de si nos gusta más o menos al dente.

Conforme esperaba a que se hiciera mi suculento cocido, se me ocurrió que iba a echar en falta alguna morcilla, así que bajé a comprar un par de ellas de las de pueblo, curadas y al subir las puse en un cazo con agua hirviendo controlando continuamente porque si te pasas de cocción, se rompen y se estropea el guiso. Aproximadamente estuvieron unos cinco minutos para estar en su punto.

Unas dos horas y media después, comprobamos que los garbanzos estén ya blanditos y en caso afirmativo, apagamos el fuego. Con ayuda de una espumadera vamos sacando todos los trozos de carne y, por supuesto, los garbanzos.

Como las verduras se hacen antes, cogemos el cazo y un colador y vertemos el caldo en la otra cazuela. Las verduras las reservamos porque ellas solas son uno de los vuelcos.  Ahora dejamos que el caldo cueza a fuego muy suave para asegurarnos que se entremezclen bien los sabores.

El cocido lo hice ayer para comerlo hoy, porque con bien de tiempo por delante nos aseguramos de que se asienten bien los sabores y además nos ahorramos el tener que espumarlo durante la cocción, porque en frío, la grasa sube y se retira con suma facilidad con ayuda de la espumadera.

Hay quien cuela el caldo antes de hacer la sopa y quien prefiere que quede algún trocito de carne, a mí me gusta más lo segundo, pero como cocinaba para varios, preferí optar por lo primero.

El último paso es el más sencillo, que es hacer una sopa. Cuando yo era pequeño, la sopa del cocido se hacía siempre de arroz, pero es más corto el proceso de hacerlo con fideos finos y el resultado es excelente, así que en unos cuatro minutos la tendremos preparada.

Para finalizar, vamos con el servicio: El primer vuelco es la sopa que presentaremos en una sopera, el segundo son las verduras junto con los garbanzos que presentaremos en una fuente, de manera ordenada, la berza junto con la cebolla, las patatas junto a la calabaza y en el otro lado de la fuente los garbanzos. Y el tercer vuelco, que será el de la carne, vamos a disponerlo en otra fuente y también de manera ordenada, es decir: las costillas, el pollo, el chorizo, la morcilla y la panceta, todo ello cortado para que el comensal elija si quiere mezclarlo todo en su plato, o comerlo por separado.



Al final comimos seis y alguno de ellos con buen apetito. 




sábado, 10 de agosto de 2019

CANELONES ROSSINI


Gioachino Rossini, el autor de algunas de las óperas más aplaudidas de la historia tales como “El Barbero de Sevilla” o “Guillermo Tell”, era también un gran aficionado a la cocina, tanto a cocinar él mismo, como a degustar las recetas de los grandes chefs de la época como Antonin Carême. Se cuenta que, además, era muy bueno en los fogones y creaba sus propias recetas y recreaba las de otros cocineros. Siendo así, no es de extrañar que alguna de sus creaciones haya llegado a nuestros días con su apellido como son los canelones rossini.

El caso es que, hace unos días, mis sobrinas me preguntaron si las podía invitar a comer y, como ahora ando ocioso, me pareció buena idea. He de señalar que se trata de 4 niñas de entre 8 a 14 años y un saque fuera de lo común, por lo que decidí hacer unos canelones, que son bastante contundentes y me consta que a casi todos los niños les encantan (pregunté antes, por si acaso).

1 paquete de canelones (vienen 20)
½ kg de carne picada
6 lonchas de beicon ahumado
1 cebolla
1 bote de tomate tamizado
2 cucharadas de harina
½ litro de leche
1 yema de huevo
½ vaso de vino (igual da blanco, rosado o tinto)
Nuez moscada
1 cucharada de orégano seco.
Pimentón de la vera dulce
300 gr de queso rallado
2 cucharadas de mantequilla
AOVE
Sal

En primer lugar, cortaremos las lonchas de beicon en tiras finas y las mezclaremos con la carne para freír todo junto en una sartén con un poco de aceite. Removemos continuamente con una cuchara de palo para que la carne no se haga grumos. Cuando veamos que está bien frita la sacamos y en esa misma sartén, con un poco más de aceite freímos la cebolla picada en brunoise. Añadimos un poco de sal para ayudar a que se ablande. El fuego debe estar suave para evitar que se nos queme. Cuando veamos que está blandita, añadimos el pimentón y a continuación el tomate para cortar la cocción del pimentón. Cuando veamos que el tomate ha perdido el agua, añadimos el medio vaso de vino y subimos el fuego un poco para evaporar el alcohol.

Echamos la carne en la sartén junto con la cucharada de orégano y removemos bien para que se entremezclen los sabores, luego retiramos y ponemos sobre un colador porque lo que nos interesa es que pierda toda la grasa y el agua que pueda tener. Es decir, que lo que buscamos es una masa compacta. Reservamos.

Para cocer los canelones es importante seguir las instrucciones del paquete, puesto que hay algunos que necesitan más tiempo que otros. El procedimiento es poner abundante agua en una cazuela, esperar a que hierva e ir soltando los canelones uno por uno esperando a que asienten. Así evitaremos que se nos peguen.

Una vez cocidos, ponemos un paño limpio de cocina sobre la encimera y los vamos dejando para que se vayan secando. Ahora estarán en condiciones de ser rellenados. Ponemos un par de cucharadas del relleno en cada canelón en la parte más cercana a nosotros y enrollamos. Los colocamos en una bandeja de horno.

Vamos a por la salsa y el remate final. Ponemos en un cazo la leche a calentar y, por otro lado, ponemos la mantequilla en una sartén y esperamos a que se derrita. Podemos utilizar aceite en vez de la mantequilla, pero al enfriarse nos quedará más consistente así. Echamos la harina y removemos bien. Es importante que se cocine la harina antes de añadir la leche y también es importante que la leche esté caliente para evitar grumos. Cuando veamos que la harina está cocinada, le añadimos la leche y removemos bien. Ahora es el momento de añadir la sal, la nuez moscada y un puñadito de queso rallado. Seguimos removiendo hasta que coja la consistencia suficiente. Hay que tener en cuenta que es para napar los canelones y si a dejamos demasiado líquida lo que hará será irse al fondo en lugar de cubrir los canelones.

Cuando veamos que está en su punto, retiramos del fuego y cuando se vaya atemperando, le añadimos la yema de huevo y removemos bien. Este paso no es imprescindible, pero a la hora de hornear, toma un color mucho más suculento. Ahora ya sí que podemos cubrir los canelones.

He de decir que esto lo hice la tarde anterior, y que los dejé preparados para meterlos en el horno un rato antes de comer. La foto que acompañan a esta receta es de ese punto, porque cuando los saqué del horno, no me dio tiempo a volverlos a fotografiar.

En realidad, si los canelones los hacemos el mismo día, con dejarlos gratinar nos valdría, pero al estar fríos preferí precalentar el horno en las posiciones de aire, arriba y abajo. Así se me calentaron bien. Antes de ponerlos en el horno, echamos todo el resto del queso que quede en la bolsa y cubrimos bien los canelones. Ahora, también podemos añadir otro poco de orégano.


lunes, 5 de agosto de 2019

CONEJO AL AJILLO


Hace unos días, compré una bandeja en el súper que decía: “Preparado campero para paella”. Contenía unas piezas de pollo con la piel amarillita y la carne tersa, y unos trozos de conejo también campero. 

Como suele ocurrir, estas bandejas que venden son para una familia, si no numerosa, sí tragona y, claro, yo me hice mi paellita y lo que sobró lo repartí en raciones y lo congelé.

Ayer saqué una de las porciones de conejo y, como no me apetecía calentarme demasiado la cabeza, decidí que el ajillo es una forma fantástica de comer conejo. Lo que no tuve en cuenta es que, al ser campero, su carne es mucho más dura que el de corral, así que tuve que hacer un poco de encaje de bolillos para poder comer carne tierna.

Las piezas que contenía eran: una riñonada, con su riñón adherido, varias piezas de chuletas, y un brazuelo, es decir, más que suficiente para una sola persona.

Conejo
3 dientes de ajo
1/ vaso de vinagre balsámico de Módena
1 chorrito de salsa de soja
1 nuez de mantequilla
Pimienta
AOVE
Sal

Lo primero es salpimentar el conejo y freírlo a fuego fuerte para marcarlo y sellarlo bien. Lo retiramos del fuego y lo reservamos.

Laminamos los dientes de ajo y los ponemos en la misma sartén, pero con el fuego bajo y esperamos a que se vayan dorando. Añadimos el vinagre para desglasar y cortar la cocción de los ajos.

Ponemos el conejo y cubrimos con agua y dejamos que se vaya cociendo a fuego suave durante al menos media hora a tres cuartos, es decir, cuando veamos que la carne está tierna.

Retiramos el conejo, añadimos un chorrito de salsa de soja y subimos el fuego para que reduzca la salsa. Cuando veamos que está reducida, añadimos la mantequilla para que le dé brillo y retiramos.

Si el conejo hubiera sido tierno, no habría hecho falta añadir el agua, porque simplemente al freírlo ya habría estado blando. Además la salsita le confiere un gusto especial siempre que tengamos paciencia hasta dejarla bien reducida, es decir, que ha de quedar espesa para poder napar las piezas de carne.



sábado, 3 de agosto de 2019

CACHOPO BURGUER (O BURGUER CACHOPO)


Ayer me hice un steak tartar, pero de los cutres baratos, es decir con la bandejita de carne picada del súper, que hay algunas marcas que son muy buenas y aunque la textura no sea igual, te ahorras un buen tiempo en picar a cuchillo o pagar para que te la corten.

Esas bandejitas traen carne picada para un regimiento y a mí me suelen durar bastante porque o bien me hago un steak, o bien me hago una hamburguesa y con lo que sobra suelo hacer albóndigas, de las que reservo un par para hacer una salsa estupenda para la pasta. Ya lo decía Arguiñano, que el que tiene una bandejita de estas, tiene un tesoro.

La cosa es que tengo un queso magnífico y me he traído jamón cortado a cuchillo de ibérico de bellota, así que se me ocurrió que con esos ingredientes me podía elaborar una hamburguesa rellena, pero mi creatividad no tiene límites y…

½ bandeja de carne picada de vacuno (a ser posible de buena calidad)
Lonchas de jamón ibérico de bellota cortadas a cuchillo
2 lonchas de queso (en mi caso puse brie de cabra)
1 huevo
Pimienta negra recién molida
Aceite (hoy va en gustos)
Pan rallado

Ponemos la carne en un bol y amasamos bien con la pimienta negra al gusto. Una vez que la tengamos bien amasada, la sacamos y la dejamos en un plato. En ese mismo bol podemos poner un huevo entero y lo batimos.

Separamos la carne en dos o en cuatro trozos (2 por hamburguesa), dependiendo del tamaño que queramos hacer. Lo aplastamos bien y ponemos las lonchas de jamón encima, las 2 lonchas de queso y recubrimos con el otro pedazo de carne apretando para que quede bien sellado.

Ponemos pan rallado en un plato. Hay quien pasa primero la carne por harina para que impregne mejor el huevo, pero quedan mucho más ricas si omitimos este paso y lo que hacemos es pasar primero las hamburguesas por el pan rallado, luego por el huevo y por último otra vez por el pan rallado (si lo queremos más crujiente, podemos repetir la operación, pero así suelen quedar bien).

Ponemos aceite en una sartén. En mi caso, la primera hamburguesa la freí en un par de cucharadas de AOVE bien caliente, pero como se trataba de experimentar en la cocina, la otra la freí en otra sartén con aceite de girasol, en este caso más abundante. Como veis no he añadido sal porque tanto el queso como el jamón aportan buena cantidad.

El resultado final varia poco, porque el queso ha quedado derretido y la corteza bien crujiente en ambos casos.

Lo acompañé con unas patatas chips en aceite de oliva

Lástima que no llegue el aroma ni el sabor.



jueves, 25 de julio de 2019

YEMAS DE HUEVO CURADAS


Esta receta es tan sencilla como barata y divertida, por lo que es ideal para hacerla con los niños. No hay fuego, no hay elementos cortantes ni nada peligroso. Se trata de una reacción química producida por la sal y el azúcar. El proceso es el mismo que el del pescado marinado, el de las salazones o por no tirar más de imaginación, el del jamón serrano. El proceso de salazón de la yema va a depender de la textura que queramos obtener, pero eso lo veremos más adelante.

2 cucharadas soperas colmadas de sal
2 cucharadas soperas iguales de azúcar
1 huevo

En primer lugar, debemos hacer la mezcla de la sal con el azúcar. El resultado final es el mismo si ponemos menos azúcar, o incluso si prescindimos de ella, pero así quedará más rica. Ponemos la mitad de la mezcla en un recipiente, hacemos un pequeño hoyo para poder acomodar la yema. Cascamos el huevo con mucho cuidado para separar la yema de la clara, que podemos guardar para otra preparación o congelarla para poderla usar más adelante y la ponemos con cuidado de no romperla en el hoyo que hemos hecho. Recubrimos con la otra mitad de la mezcla y hacemos uso de la paciencia, que tantos buenos ratos procura en la cocina.

Aquí dentro está nuestra yema.

Antes hablábamos del tiempo de espera y la textura que deseemos. Si dejamos nuestra yema cubierta de sal y azúcar durante unos 40 minutos a temperatura ambiente, obtendremos una yema muy cremosa que podemos untar sobre una tostada, o añadirla como guarnición. Es la que yo presento.

Si la metemos en la nevera y la dejamos varios días, la yema se irá poniendo cada vez más dura de manera que si la dejamos durante un par de semanas, se habrá quedado dura del todo y podremos usarla para rallar sobre una sopa, o en sustitución del queso en la pasta.

Para terminar el proceso, sacaremos la yema de la sal y la lavaremos con agua para que desaparezca todo el polvo. Y… lista para comer.



viernes, 19 de julio de 2019

POLLO EN SALSA DE LA ABUELA


El apellido “de la abuela” hace presagiar uno de esos platos ancestrales y ricos a más no poder y, efectivamente, el pollo que traigo hoy al blog es una de esas recetas.

El hecho de transportarnos a nuestra más tierna infancia suele resultarnos algo muy grato, porque, a pesar de que de niños no tenemos los medios necesarios para afrontar algunos retos, es esa dependencia de los adultos la que nos hace ser felices.

4 contramuslos de pollo (en mi caso lo hice con una alita, un muslo y un trozo de pechuga porque lo hice solo para mí)
1 hueso de jamón (o huesos de pollo)
1 pimiento rojo
2 cebollas
2 hojas de laurel
2 dientes de ajo
3 cucharadas de tomate tamizado
1 vasito de vino blanco
Pimentón de La Vera
AOVE
Sal

Lo primero que haremos será poner en una cazuela un chorrito de aceite y echar el pollo a fuego más bien fuerte porque lo que nos interesa es que quede crujiente, pero no que se cocine. Lo retiramos y reservamos.

En la misma cazuela pondremos un poco más de aceite y añadiremos el pimiento, la cebolla y los dientes de ajo previamente picados. A mí me gusta en brunoise. Dejamos que se fría a fuego suave. El pimiento utilizado era de lata y aproveché el agua para añadirlo al guiso, de esta manera se facilita la acción del pochado. Una vez que veamos que está tierno, ponemos una cucharadita de pimentón. Como siempre, yo pongo un poquito de picante y otro poco del dulce, añadimos el tomate y esperamos a que se sofría. Cuando veamos que el tomate está frito, añadimos el vasito de vino y una hoja de laurel y subimos un poco el fuego.

Ponemos el pollo que habíamos reservado y recubrimos con caldo. También se puede cubrir con agua, pero queda mucho más de abuela un buen caldito.

Para el caldo, como no tenía huesos de pollo, pero sí de jamón, utilicé uno. Para que quede un caldo rico, es necesario dejar que el hueso quede rustido y, al ser de jamón, no hace falta poner nada de aceite. Añadimos agua, una cebolla y la otra hoja de laurel y dejamos que se vaya haciendo a fuego suave. Esto nos va a llevar una hora o más y hay que controlar que no se evapore demasiado el agua.

Siguiendo con nuestro pollo y una vez cubierto con el caldo, lo dejamos a fuego suave hasta que el pollo quede blandito. En mi caso, la salsa quedó demasiado caldosa, así que saqué el pollo y subí el fuego a tope para que redujera y quedara la textura deseada.



miércoles, 17 de julio de 2019

COCOCHAS DE BACALAO CON SURIMI


El surimi es al padre de nuestras gulas, inventadas por Álvaro Azpeitia por una cuestión de economía. En psicología es sabido que cuando la soga aprieta, las personas nos volvemos muy creativas y ese fue el caso de nuestro protagonista de hoy. El director general de la empresa Angulas de Aguinaga, se encontró con el doble problema de que, por un lado, la ría se contaminó y, por otro que las angulas escaseaban por esa misma causa. La empresa empezó a tambalearse y fue en un viaje a los Estados Unidos cuando Azpeitia conoció a los productores del surimi, que por aquellos tiempos era un auténtico desconocido por estos lares. Quiso la fortuna que después de otro viaje a Japón, invitado por los productores del surimi, le propusieran elaborar su producto en España, pero Azpeitia, vasco él, lo que se propuso fue aprender el proceso de producción y convertirlo en lo que hoy conocemos como las gulas. En la psicología de la forma (Gestalt) se sabe que el cerebro es capaz de convertir un producto en otro si las cosas se hacen bien, porque hay unas leyes que lo rigen. Así que después de hacer unas cuantas pruebas, Azpeitia dio con lo que buscaba, un producto que daba toda la sensación de ser angulas, entre otras cosas, porque era el mayor productor de Angulas del mundo. Cuentan que cuando las dio a probar las primeras veces a los críticos culinarios, estos se pensaban que eran angulas de Francia o de Marruecos hasta que descubrieron que no tenían ojos.

Cocochas de bacalao
Surimi o palitos de cangrejo
Ajo
1 guindilla
Perejil picado
AOVE  

Lo primero que haremos será trocear las cocochas en cubitos y laminar el ajo.

Ponemos unas cucharadas de AOVE en una sartén. Es importante que no cubra el fondo de la sartén y que lo pongamos a fuego medio alto para hacer un crujiente con las láminas de ajo. Una vez que lo tengamos, bajamos el fuego al mínimo y añadimos la guindilla troceada y los cubitos de cocochas. Hay que dejarlas confitar a fuego muy suave y sin parar de removerlas con una cuchara de palo y agitando la sartén, lo que va a favorecer que el calor baje y las cocochas suelten su gelatina para convertir la salsa en un pil-pil.

Cortamos los palitos de surimi a lo largo y en juliana y los añadimos a la sartén cuando veamos que las cocochas están blanditas y el pil-pil muy bien ligado. Seguimos removiendo para que se produzca el matrimonio de sabores, es decir, que el surimi coja todo el sabor de la salsa y de las cocochas. Rematamos la faena con el perejil picado y servimos calientes.

Un buen trozo de pan calentito y un vaso de vino blanco serán todo el acompañamiento que necesiten, porque están realmente impresionantes.